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Full text of "Episodios chilenos. La revolución del 20 de abril de 1851"

THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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.R59 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



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trie last date stamped under "Date Due." If not on hold it 
may be renewed by bringing it to the library. 



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I. CONCHALÍ. - (DANIEL RIQUELME) 



EPISODIOS CHILENOS 



LA REVOLUCIÓN 



20 DE ABRIL DE 1851 



SANTIAGO DE CHILE 
Imprenta de "La Libertad Electoral 5 



18»:» 



Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/episodioschilenoOO 



LA REVOLUCIÓN 

DEL 20 DE ABRIL DE 1851 



¡Qué bien se estaba en aquella salita, llena 
de libros, alumbrada dulcemente por la lám- 
para délas charlas patriarcales, — la lámpara 
de aceite; cerca del ancho brasero, cubierto 
por el secador tradicional ! 

Aguardábamos una historia i un ponche, i 
la tetera roncaba al amor de las brasas rosadas, 

Afuera la lluvia no debia ser mui fuerte; 
pero, redoblando en las plantas del segundo 
patio, parecíanos violento aguacero, i la apre- 
hensión de aquella intemperie, aumentaba el 
placer de ese íntimo bienestar. 

Mi querido viejo, retirado ya de los nego- 
cios, vivia modestamente en una casita de la 
calle del Carmen, bajo un toldo de enredade- 
ras i de jaulas, que yo amaba, a la vez, como 
una celda i un nido. 

Era un roble medio inclinado por los años 
i las tempestades del mundo; pero todavía un 
roble. . . i al amparo de su tronco, enredán- 
dose en él, cual fresca liana, florecia su nieta, 



LA REVOLUCIÓN 



— un rayo de sol sobre aquel paisaje de in- 
vierno. 

Esta se llamaba Beatriz, i el abuelo don 
Francisco Sandoval, a quien todo Santiago, 
desde treinta años atrás i hasta hace unos diez, 
ha conocido en su pequeña Libreria como uno 
de los comerciantes mas honrados i uno de los 
hombres mas buenos. 

Yo crecí diciéndole Don Panchito i oyendo 
sus historias. 

Beatriz nos sirvió el ponche. 

Con el tono de esas tristezas repentinas que 
atacan a los viejos como puntadas, cuando se 
sienten queridos, Don Panchito me dijo sus- 
pirando: 

— Ai, mi amigo! El pobre es como choco 
rabón: no tiene con qué hacer cariño! . . . 

Sin embargo, el ponche era en viejo aso- 
leado de Cauquenes i ostentaba sus torrejas de 
naranja agria. 

¡Al cuento, al cuento! — esclamó bulliciosa- 
mente la nieta. 

— La historia prometida, don Panchito! 

— Ah, sí, sí; pero ¿en qué quedamos? . . . 

— En el 20 de abril, señor! 

Coqueteando un poco, a la manera de las 
niñas que van a tocar el piano, el viejo encen- 
dió su pipa, costumbre que habia traído de 
California. 

Al fin principió: 



— Veníamos de un santo. . . Estos detalles 
no los puedo olvidar porque era el santo de mi 
novia, la que después fué la compañera de mis 
alegrías i trabajos; la abuela de esta pobre chi- 
quilla, — dijo Sandoval, señalando a la joven. 

Esta cosia a la luz de la lámpara. Alzó sus 
ojos serenos, con la serenidad azul de un cielo 
de noviembre: 

— ¿En qué quedamos? — preguntó. ¿Era o 
no era el santo de tu novia? 

— Bueno, — bueno, — continuó don Panchi- 
to; pero ya que desean saber la historia com- 
pleta, es necesario empezar por el principio, i 
como si fuera novela. 

Digo, pues, que corría la noche del 19 de 
abril de 1851, última de Semana Santa i vís- 
pera de Pascua de Resurrección. — Las ocho o 
diez bandas de música que habia entonces en 
Santiago, tocaron en la plazuela de la Moneda 
la retreta llamada del Sábado Santo. En los 
balcones se distinguían uno a uno, el Presi- 
dente Búlnes, el Jeneral Aldunate, García Re- 
yes, Tocornal, Don Manuel Montt, i los Mi- 
nistros Don Antonio Varas, Don Máximo 



LA REVOLUCIÓN 



Mujica, Don Jerónimo Urmeneta, Don Pedro 
Nolasco Vidal i muchos otros personajes. 

No hubo de particular en la retreta mas que 
los aplausos prodigados con marcada preferen- 
cia a la banda del Valdivia, cuyo batallón ha- 
bíase conquistado las simpatías de todos. — Se 
oyeron también algunos voladores. 

Francisco Bilbao me contó después que Don 
Manuel Montt, al escuchar esos aplausos, ha- 
bia dicho al Presidente: 

— Esto significa motin. 

Pero no hubo tal cosa. — Bilbao, que soñaba 
despierto, me porfiaba así mismo que en esa 
noche brillaba la luna llena, siendo que el cielo 
se mantuvo nublado hasta cerca de las once, 
hora en que salió una luna amarillenta de oto- 
ño, casi en su cuarto menguante. — Díganme 
ustedes si habré olvidado esto, cuando en aque- 
lla retreta daba por primera vez el brazo a la 
que mui pronto iba a ser mi novia. 

Lo único cierto fué que a las doce de la 
noche, el intendente don Francisco Anjel Ra- 
mírez, entró a la Moneda para decir en per- 
sona a Búlnes: 

— ¡No hai novedad! 

Santiago en esos instantes de todo tenia ai- 
res, menos de revuelta militar. Las calles se 
veian llenas déjente; unos que ya celebraban 
la Pascua o la llevaban en las cabezas; otros 
que desde ese momento se dirijian a la Alame- 



DEL ZO DE ABRIL DE I 85 I 



da para ganar buen lugar en la procesión del 
Resucitado, que salía de San Francisco a las 
tres i media de la mañana; en fin, todos los 
que volvíamos de la música, i las familias que 
iban de una casa a otra para «velar la carne», 
— fiesta casera i popular que consistia en espe- 
rar las doce de la noche, i celebrar con una 
cena la conclusión de los ayunos i comidas de 
viernes. 

Nosotros nos volvimos a la casa para hacer 
lo mismo. Don Miguel Urzúa, mi suegro, 
vivia en la calle de San Pablo, entre las de 
Teatinos i Peumo. — La familia se componia 
de dos niñas, Erna, que era la mia, i Mercedes 
que, aunque casi una chiquilla, de algo servia 
para compensar a mi amigo Ricardo Beltran 
el sacrificio de acompañarme noche a noche i 
amodorrarme a los viejos. — Don Miguel, ofi- 
cial retirado del ejército, era gobiernista acé- 
rrimo; las niñas opositoras decididas, — porque 
la juventud entera estaba en la oposición; mas 
todos en la casa sabian que Beltran i yo perte- 
necíamos a la Sociedad de la Igualdad, 

Al despedirnos oimos la primera seña de la 
misa i procesión del Resucitado i en un dos 
por tres nos pusimos de acuerdo para ir todos 
a salir de la curiosidad de esta fiesta nocturna, 
— de la cual se contaban tan estrañas cosas. 

Llegamos a la plaza por la calle del Puente, 
1 la señora, que ya iba entrando en recelos a 



LA REVOLUCIÓN 



causa de la oscuridad, — gritó a la pareja de 
vanguardia : 

— ¡Por Ja acera de la Cárcel! 

Al enfrentar los portales de la antigua Cár- 
cel, al lado de la Intendencia, descubrimos que 
un hombre embozado en su capa, a guisa de 
galán o conspirador de novela española, se 
refujiaba en una mancha de sombra; pero, 
Juego, al descubrir mozos i niñas en talle de 
fiesta, acaso mui plebeyos para él, — salió de 
su escondite i medio confundiéndose con el 
grupo que formábamos, como para esquivar 
el centinela, se escabulló por uno de los arcos, 
derecho hacia un bulto que, al parecer, dormía 
sobre una silla a la puerta del Cuarto de Ban- 
deras. 

Un grueso velón, preso también en un farol 
nublado, alumbraba siniestramente la reja del 
fondo, que encerraba a los detenidos, i la estre- 
cha i húmeda galería que mediaba entre el 
muro i los arcos de la calle. 

Aquello era la madre Patria, España con- 
quistadora, la Colonia pura con emanaciones 
de centina, angustias de calabozo i tufo de 
talaveras. 

Por el ruido de la espada, que rodó al suelo 
junto con el crujir de la silla, presumimos que 
el durmiente seria el oficial de guardia, i como 
el encapado dejó ver su kepis francés i el galón 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 



de oro de su pantalón granee, Erna me dijo, 
creyendo fuera el jefe de servicio: 

—Esta le ha tocado al pobre José Antonio 
Gutiérrez del Chacabuco, que está de guardia. 

Nada mas natural que esto de que las niñas 
supieran tales detalles, desde que se habian 
criado en la Recoleta, donde el Chacabuco 
ocupaba el cuartel llamado de la Chimba, el 
mismo de ahora. 

A pesar de todo, sentí una llamarada de 
-celos. 

¡I lo que son las cosas, mi amigo! 

Aquel Subteniente Gutiérrez me después 
mi compadre, padrino de agua i óleo de uno 
de los niños de la niña que en aquel instante 
me daba el brazo i tan mal rato. 

Gutiérrez alcanzó hasta el grado de coronel 
1 en la última campaña al Perú mandó el 3.* 
de línea. 

Iba a caer en la niñeria de dar rienda suelta 
.a mis enojos, a pesar de la inocencia de ese 
conocimiento, cuando Mercedes que iba ade- 
lante con Beltran, volvióse para decirnos mis- 
teriosamente: 

— El coronel Urriola! 

Volví a sentir otra llamarada, pero esta vez 
en la cabeza. — Un mundo oscuro que flotaba 
desde algunos dias delante de mis ojos, ilumi- 
nóse de súbito, al resplandor de una centella. 

— El coronel Urriola! . . . 



12 LA REVOLUCIÓN 



— Qué sabes tú ! — contestó mi suegra en el 
tono con que hubiera dicho: los chicos no de 
ben meterse en las cosas de los grandes. 

Pero Mercedes, con la indiscreción porfiada 
de los niños que están ciertos de saber algo de 
los grandes, 

— Como nó, — insistió, desde que voi a coser 
a casa de la Señorita Clarisa, lo he visto mil 
veces. — I lleva la espada desnuda bajo la capa, 
í en Santiago, ¿quién otro usa esas patillas 
como fiador? 

Seguimos andando, — Beltran i yo callados 
como dos muertos. 

La calle del Estado representaba una boca 
de lobo. — Solo en el zaguán de la casa de 
Doña Rosa Carrera viuda de Aldunate, divi- 
sábase una luz i se advertían trajines. — En esa. 
casa vivió hace pocos años Don Eleodoro Gor- 
maz, de la familia de Carrera, i ahora la ocupa 
un señor Donnay con hotel. 

— Vaya, — advirtieron de pronto las niñas,, 
que se les ha entrado la lengua. 

Ricardo me tiró del gabán. — Era tiempo, na 
podia mas. 

— ¿Quieren ustedes que nos volvamos? pre- 
gunté. 

Los presentimientos i zozobras eran tales 
en aquellos dias; la inminencia de algo tre- 
mendo, que debia estallar de un rato a otro,, 
palpitaba de tal modo en el ambiente; vivíase; 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I I 3 

tan sobre la pólvora de una mina misteriosa, 
..escondida sin saberse dónde ni cómo, que el 
solo nombre de Urriola i la decoración de 
Campo Santo que ofrecia la ciudad, — cojieron 
de miedo a la familia. 

— I al último, — advirtió Don Miguel, cu- 
briendo la retirada, — esta procesión que ha 
vuelto a resucitar Pedro Palazuelos no es mas 
que para jente del pueblo... 

Deshicimos el camino andado. Cruzando 
de nuevo la casa de la señora Carrera, la puer- 
ta se abrió sin precaución alguna i dos jóvenes 
salieron a la calle: uno que se restregaba los 
ojos como quien viene de dormir, i el otro ra- 
diante i despejado^ 

Los conocí en el acto, i acercándome a don. 
Miguel, le pregunté: 

— ¿Conoce usted esos pájaros? 

— No veo bien. 

— El primero es Don José Miguel Carrera 
1 el otro, el mas alegre, Don Benjamin Vicuña 
Mackenna. 

Conocíalos como a mis manos, principal- 
mente a Don Benjamin, pues mediante sus di- 
lij encías mi padre habia obtenido para mí una 
beca en el Instituto Nacional, i después un 
empleillo en el Club de la Patagua, que me 
permitió llegar hasta el segundo año de medi- 
cina. Desde esa edad, Vicuña era un San Vi- 
cente de Paul para la juventud abandonada a 



14 LA REVOLUCIÓN 



las inclemencias de la vida social de Santiago. 

Con semejante noticia, los viejos apresura- 
ron el paso en el Portal de Sierra Be! la; desfi- 
lamos por la Compañía i torcimos por la calle 
de Morandé, tomando la acera ¿e ] s Lionas, 
para evitar al centinela del batallón Valdivia; 
porque donde hoi está el pórtico del Senado,, 
ahí eran antes las cocinas del Claustro Máxi- 
mo de los Jesuitas: un portón verde que ce- 
rraba un largo pasadizo, a modo de conven- 
tillo. En tiempo del Instituto, aquello siguió 
sirviendo de cocina, hasta que fué convertido 
en cuartel, mediante una mano de blanqueo. 

De repente, sentí en mi brazo estremecerse 
el brazo de Erna i estrechándose contra el 
muro, 

— El de la capa ! — nos dijo, i su corazoncito 
temblaba como el de una tórtola aprisionada 
en Ja mano. 

Nos amparamos en el hueco de la puerta 
cochera de la casa de Liona, esperando abrie- 
ran la del Cuartel i el desconocido entrara, para 
poder seguir nuestro camino, que ya iba pare- 
ciendo v:a-crucis. 

— Qué locura! — murmuró mi suegra. — Por 
esto yo no quería venir. . . 

El encapado golpeó discretamente a la reji- 
lla del portón. 

— ¿Quién vive? — gritó el. centinela a toda. 
voz. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I I 5 



— ¡San Pedro! — contestó el desconocido. 
Ei a el Santo militar de la plaza en esa noche, 
porque a poco, oyéronse pasos, ruido de llaves 
i el portón entreabrióse recatadamente. 

— Soi el Coronel Urriola! — dijo entonces el 
de la capa, volteando rumbosamente su em- 
bozo. 

— Pantoja, señor! — respondió una voz terca, 
pero serena. 

A la luz de un farolillo, vimos dibujarse en 
la pared la silueta de un hombre, el que estaba 
adentro, que se inclinaba respetuosamente al 
paso del que estaba afuera. 

I la puerta tornó a cerrarse. 

A la vera de las sombras, como perdices por 
entre el trigo, echamos a correr hacia la calle 
de San Pablo. — Aquellas tres cuadras i media 
nos parecieron leguas; las niñas llegaron sin 
aliento i los pobres viejos unos diez minutos 
después. 

No se divisaba un solo farol en las esqui- 
nas; porque el aceite de las lámparas, apostadas 
de cuadra en cuadra, en las calles derechas, 
apenas si alcanzaba para que dieran su última 
boqueada en re nueve i diez de la noche.— En 
esto no hemos ganado mucho que digamos. 

I en el seno de esas tinieblas, sembradas de 
bultos agazapados que remedaban ánimas o 
ladrones en acecho, oíanse crujidos de huesos 
i chasquidos de lenguas que lamían. 



i6 



LA REVOLUCIÓN 



-Jesús! — esclamó Beatriz, dejando su cos- 



tura. 



— Hija mia — continuó don Panchito 



-asi 



era Santiago en aquellas edades. Bascuñan Gue- 
rrero no había aun quitado las acequias del 
medio de la calle i por ahí corrian las aguas 
del servicio de Ja ciudad. , 

— Pero, ¿qué eran esas ánimas i bultos? 

— Con permiso de ustedes — contestó el an- 
ciano: a veces eran viejas traperas que, como 
se ve hoi mismo, escarbaban el cieno i los des- 
perdicios de las casas; pero, por lo común, no 
pasaban de ser perros que devoraban a otros 
perros i gatos, arrojados al arroyo; porque han 
de saber que por entonces todavía solian botar 
a la calle los colchones de los calenturientos, i 
de las iglesias hasta los retazos de mortaja de 
los muertos que trasvasijaban ... te diré, de 
una sepultura a otra, cuando estaban mui lle- 
nas. 

1 sigo con mi historia. 

Mi suegro, hombre de una pieza, sincero í 
honrado a carta cabal, vivia en una estrecha 
medianía, tras de haber gozado de ciertos bie- 
nes de fortuna. Dejólo en la calle, con su pen- 
sión de retiro únicamente, viejo i cansado, una 
fianza a un amigo, en aquellos tiempos en que 
se veta pasar en carretela a los deudores para 
la Cárcel, «preso por deudas», como se decia. — 
Por esto sus hijas trabajaban heroicamente, de 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 1J 

la mañana a la noche, en algunas casas de 
copete, donde conocían su desgracia i sus vir- 
tudes. 

Con su voz mas grave, mi suegro nos dijo 
al llegar: 

— Amigo, este no es el caso aquel en que 
■siempre se dice: «¿I que ustedes no entran?» 
Ahora la política, (i acentuó la palabra) exije 
que ustedes se queden aquí. Una noche de 
-cualquier modo se entera. No me parece pru- 
dente. . . 

— Una imprudencia! — intercaló mi suegra. 

— . . . que ustedes vuelvan a esas oscuridades 
que tan sospechosas hemos visto. No sé lo que 
pueda ocurrir; pero las catástrofes tienen siem- 
pre como una vibración anticipada que las 
denuncia i yo siento esas vibraciones. Hai en 
el aire la tensión de lo inminente. 

Estas retóricas las sacaba mi suegro de Eu- 
-sebio Lillo, que habia redactado El Amigo 
del Pueblo i en seguida La Barra, i cuyos 
versos aleteaban entonces en los oidos de todas 
las niñas, aun de las peluconas. 

Perdíamos un tiempo precioso; pero no 
¿labia como salir decorosamente del paso. 

Mi suegra, con la persuacion d : screta de las 

madres que están en el secreto de las hijas, 

añadió sus instancias para que nos quedáramos. 

— Esto va a ser revolución! — nos decía. El 

iiuaso Urriola está contra Búlnes i cuenta de 



LA REVOLUCIÓN 



seguro con el Chacabuco; porque Videla Guz— 
man, que lo manda, si fuera su hijo, no lo res- 
petarla mas. — Esto lo he visto con mis ojos 
en casa de Urriola i se Jo he oido muchas 
veces • a su esposa, Doña Carmen Valdivie- 
so... Urriola lo ha criado. 

Erna, que se habia mantenido apoyada en la 
pared, oculta en la sombra, sin decir palabra,, 
cortó, al fin, aquella charla. 

— Adiós! Felicidad! — nos dijo alargándonos 
sucesivamente su blanca mano, casi helada; 
pero sin darnos la cara. 

Cerróse la puerta: volví me en silencio i co- 
mo un niño, besé sus maderos. Ella quedaba 
ahí muda i hermosa, cual un sueño i una es- 
finje. — Me hubiera echado a llorar sobre aquel 
umbral sin corazón; pero Beltran que no tenia 
motivos para los estreñios mios, me sacudió 
rudamente. 

— Ha llegado la hora, Francisco; el deber 
nosiiama: ¿Somos o no somos: Ornas bien, 
¿eres o no eres?; pues por mi parte resuelto 
estoi a cumplir lo que he prometido. Lo juro l 

I aquel noble mozo alzó su mano hacia el 
cielo azul. 

Me dio un cigarro, después un abrazo i al 
oido me cantó estas palabras que me devolvie- 
ron la vida i el juicio: 

— No seas tonto!... Te ama, pero solo te 
lo confesará esta tarde... si vivimos. Que no 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I I 9 

la conoces? Que no conoces el alma de esta 
mujer chilena que adora ante todo el valor del 
hombre? Un cobarde puede darse por muerto 
en el corazón de la mujer que mas lo quiera,, 
amante o amiga; el valiente puede despertar 
una súbita pasión sobre la mas cruel indiferen- 
cia. — Robespier. . . 

Cortando el discurso de mi amigo, a mi 
turno estendí la diestra, no para el cielo azul,, 
sino en dirección de la puerta cerrada. 

— Muerto por la Patria o sin mancha para tí ! 
— esclamé trájicamente, me acuerdo mui bien, 
no sin esperanzas de que ella pudiera oirme. 

En esa época todos vivíamos en la atmós- 
fera heroica creada a orillas de este manso 
Mapocho por los Jirondinos de Lamartine^ 
libro que se vendia como pan caliente, a seis 
onzas de oro. ¡Cómo seria la cosa! 

I para acabarnos de rematar en lo lírico i 
dramatice, poco tiempo hacia que la Rossi, 
Zambaitti i la Pantanelli nos habian dado a 
conocer la Lucia i otras óperas igualmente 
mui recargadas de romanticismo, de modo que 
en dolencias de amor, los jóvenes todo lo ha- 
cían a la Edgardo i las niñas a lo Lamermoor. 
Usaban batas blancas de talles interminables \ 
el pelo en bandoes i tirabuzones. La pechera 
lisa de las monjas, a la inglesa, era el ideal . . . 

I bebían vinagre i por la noche se ponían 
al sereno. 



II 



Saltando altos i bajos por aquellas callejas,, 
corrimos hacia el Cuartel del Valdivia. Pero 
la puerta estaba como habia quedado la de mi 
cruel amor. 

Cerrada i muda! 

Volvimos entonces por la de la Catedral; 
llegando a la Plaza, divisamos en la oscuridad 
una sierpe negra, larga, inmensa, que avanzaba 
a brincos. 

— El Valdivia! — soplónos el aliento de un 
bulto. 

En efecto, en formación por hileras, los cua- 
trocientos hombres del Valdivia precipitábanse 
por las gradas de la Catedral, cortando la Plaza 
diagonalmente. 

Eran las dos i media de la mañana, en 
punto. 

A la altura de la calle de la Merced, con- 
tramarchó el batallón por el flanco izquierdo, 
formando en batalla con frente a la cordillera. 

Era tal la disciplina del Valdivia, tan adies- 
trados sus rotos en la jimnasia militar de un 
cuerpo formado especialmente para las manio- 
bras de la infantería lijera, que sin que se oye- 



LA REVOLUCIÓN 



ran toques de corneta ni órdenes de mando, se 
ejecutó todo eso en menos que canta un gallo, 
i acto continuo, la Compañía de Tiradores, 
desprendiéndose a paso de trote, atascó las 
boca-calles de la Merced i del Estado, al pro- 
pio tiempo que la de Carabineros cubría las de 
Monjitas i Nevería, al mismo compás. 

En ese momento, oimos grandes voces que 
resonaban en el Portal de Sierra Bella; vola- 
mos a imponernos de lo que ocurría, junto con 
algunos fantasmas que surjian misteriosamente 
de los rincones oscuros, aquí i allá; pronto 
reconocimos a Manuel Recabárren i a Fran- 
cisco Bilbao que bajaban de los altos del Por- 
tal, en una de cuyas piezas habían pasado la 
noche, i que a toda boca comunicaban a Vicu- 
ña i a Carrera que el heroico Valdivia cumplía 
su palabra. 

Se adivinaban en la oscuridad i todo se vol- 
vía abrazos i apretones de mano. 

— ¿Ud? . . . 

—¿Tú? . . . 

— j ¡ Nosotros . . . ! ! 

— ¡Viva el Valdivia! 

— ¡Viva Urriola . . .! 

No sé por qué no me hizo mui buen efecto 
aquella alegría tan bulliciosa. Mi fantasía re- 
volucionaria habría preferido revestir eses mo- 
mentos de la solenmidad que debe preceder a 
un duelo a muerte. ¿Acaso no íbamos a batir- 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 23 

nos? Luego los veteranos del Valdivia, alar- 
mados al principio por el alboroto, volvieron 
.a sus puestos con visible fastidio. 

Llamé aparte a Beltran para comunicarle 
érame indispensable ir a ver que mi tia no 
-saliera al alba a su misa de Santo Domingo. 

— Debes hacerlo — me contestó; — yo cubriré 
tu ausencia. 

Mas no me habria apartado unos cien metros 
cuando resonó un disparo i oí que Beltran me 
llamaba. 

— ¡Francisco, Francisco! 

Regresé a toda prisa. 

— Venga Ud! — decian unos. 

— Señor cirujano! — me gritaban otros, as- 
cendiéndome antes de la batalla. 

Sin poder darme cuenta de lo que ocurría, 
penetré por entre una masa de jente que se 
arremolinaba a pocos pasos de la esquina. 

Era la primera sangre de aquella triste i 
sangrienta jornada !. . . 

Habia ocurrido que el sereno de punto en 
la calle del Estado, al ver aquel despliegue 
sospechoso de tropas, dióse a dar la alarma con 
su pito. 

Como fueran inútiles todas Jas súplicas i 
amenazas, cinco o seis paisanos se le fueron 
encima i lo derribaron al suelo, sin el menor 
propósito de hacerle ningún daño. 

Entre los que lo contenían estaba Vicuña 



24 LA REVOLUCIÓN 

Mackenna; pero el sereno, tan empecinado» 
como valiente, debatiéndose en las piedras, con- 
tinuaba dando gritos. 

En esto estaban cuando se oyó ese disparo 
i al través de aquel nudo de piernas i manos,, 
brilló el fogonazo. 

Dicen unos que un cruel sárjento del Val- 
divia, cansado de la porfía, se destacó de las. 
íilas; otros, que uno de Jos artesanos que an- 
daban allí fantaseando, disparó ese tiro: ello es 
que el pobre policial fué atravesado por uti 
balazo a boca de jarro, i que cuando yo llegué 
casi espiraba en brazos del mismo Urriola. 

Trasladamos al infeliz a la botica de los. 
hermanos Barrios, situada en su histórico local 
de hoi dia, i allí le hicimos la primera curación,, 
aunque no tenia remedio. 

Dijo llamarse Espinosa. 

El Coronel Urriola, con una rodilla en tie- 
rra, profundamente emocionado, le sostenia la 
cabeza, i con palabras cariñosas, trataba de 
consolar su desesperación. 

La escasa luz de unas velas reflejábase en la 
medalla i bordados del uniforme de parada del 
Coronel, en elocuente contraste con la cotona 
vieja i ensangrentada del humilde soldado. 

Luego comenzó la agonía. 

Se le dio un cordial. Pareció volver en sí, i 
clavando los ojos en la hermosa i enternecida 
faz del arrogante caudillo: 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I 2$ 

— Mi Corone], ¿por qué me han muerto — 
preguntó — cuando yo fui soldado del Porta- 
les? 

Urriola habia comandado ese batallón en la 
campaña al Perú i el oscuro veterano no com- 
prendía cómo lo mataban sus compañeros, 
cuando cumplía el deber aprendido en las filas. 

— Nosotros, señor — continuó el moribundo 
con el hipo de la muerte — no sabemos quien 
gobierna; ahora es nuestro Jeneral Búlnes. .. 
pero nosotros servimos a la Patria. . . obedece- 
mos a quien nos manda... i yo, mi Coronel,... 
era mandado. 

Siguió un silencio profundo a estas palabras 
que me sonaron a mí como el testamento de 
un espartano caido sobre su escudo i su con- 
signa. 

Urriola, por su parte, quedóse cual si deli- 
rando en pesadilla, hubiera sentido que uno de 
los veteranos muertos en Rancagua o en Yun- 
gai, alzándose de su tumba, le tiraba a la cara 
su uniforme convertido en mortaja. 

Como algunos se empeñaban en limpiarle la 
casaca, salpicada, Vicuña Mackenna, mordién- 
dose el bigote, empapado en llanto, nos dijo 
al salir: 

— Esta sangre inocente, derramada sin ob- 
jeto, no cae sobre la ropa de Urriola, sino so- 
bre su corazón. 

Pude, al cabo, tomar el camino de mi casa, 



LA REVOLUCIÓN 



situada en la calle del Sauce, a media cuadra 
de la de Huérfanos. 

Llevaba el alma pesada de lágrimas. El 
triunfo mismo me pareció, desde ese instante, 
ya menos digno i hermoso. 

— ¿Por qué — me dije — mueren los de abajo 
en estas querellas de nosotros Tos de arriba ! . . . 
Seguia en estas amargas reflexiones, cuando al 
acercarme a la casa de Don Antonio Varas, 
noté que el policial del punto — un muchacho 
mui intelijente, a quien conocia de lejos, por- 
que todas las noches estaba en esa cuadra, in- 
variablemente, — golpeaba la ventana del Mi- 
nistro. 

No entendí lo que hablaron; pero no ha- 
brían trascurrido diez minutos, cuando salió el 
señor Varas con zapatillas, capa española i 
gorro, seguido tan solo del fiel guardián. 

Doblaron para la Moneda. — Nada era mas 
fácil que seguirlos i estimé de mi deber ha- 
cerlo. 

Don Antonio jesticulaba nerviosamente, ha- 
blando a solas; pero aquel histórico monólogo, 
verdadera introducción a la parte oficial del 
gran drama que se hilaba en las tinieblas, lo 
escuchó únicamente el sereno. 

No estaba todavía en la Plazuela la estatua 
con que han infamado la figura de Portales; 
pero habia árboles, como ahora, que me per- 
mitieron guerrillear a mi antojo. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I t"J 

Don Antonio, cuyos pasos no se oían, Uegó 
hasta la puerta de Granaderos antes de que lo 
sintiera el centinela, i sin contestar al soño- 
liento i retardado ¿quién vive?, ordenó desper- 
tar al Coronel Pantoja, ti o del otro, — i con un 
rtono, mi amigo, que el roto no vaciló. 

Luego apareció Pantoja, arreglándose con 
una mano el kepis i con la otra el sable. 

— ¿Quién está de guardia? — preguntó Varas. 

— El capitán don Manuel Baquedano, — 
¡respondió el Coronel. 

Tenia con esto. lo suficiente para llevar a la 
Plaza la noticia de que el Gobierno quedaba 
•prevenido del levantamiento; pero no resistí a 
la tentación de ver lo que iba a seguir a aque- 
lla alta conferencia en paños menores. 

Varas dio al oficial de guardia la orden de 
^despertar al Presidente; Baquedano se quedó 
pensando, hízose repetir lo mandado; al fin 
-echó a andar escala arriba. 

Para que Baquedano se resolviera a golpear 
Ja puerta del cuarto en que dormia Búlnes, era 
preciso que llevara en la mano la piedra de una 
revolución. 

A los pocos minutos, los Ayudantes de Cam- 
po del Jeneral salian riéndose en busca de sus 
-caballos. 

— Qué dijo? — preguntaban algunos. 

— El Jeneral estaba durmiendo — contesta- 
iban aquellos; a Baquedano no le podia entender; 



2 8 LA REVOLUCIÓN 



pero a las primeras palabras de don Antonio, 
saltó de Ja cama i sin escuchar mas, llamó a 
Salgado. 

— ¡El tordillo negro, Salgado! — gritó con su 
voz de trueno. 

El asistente Salgado era la sombra del Je- 
neral i el tordillo negro su caballo de com- 
bate. 

I aquellos pormenores debían hacer en fa 
tropa el efecto de aguardiente con pólvora, por- 
que los vivas i las risotadas crecian en el cuar- 
tel. 

Vi, entonces, mui claro que habíamos per- 
dido lastimosamente la ventaja de una sorpresa 
segura. 

Media hora antes, en profundo sueño dor- 
mian la Moneda i su Cuartel. El Valdivia ha- 
bria podido llegar, como el Ministro Varas, a 
despertar a los dos. Ahora quedaba Búlnes en 
pié, buscando sus arreos de Yungai, i, espada 
en mano, su escolta de leones, fieles hasta ía 
muerte a su antiguo i glorioso alférez. 

I tan desprevenido estaba Búlnes, que junto 
a su cama dormia esa noche su hijo Manuel, a 
quien desde esa edad ya vestían de soldado de 
granaderos. 

En fin, mi amigo, daban las cuatro en el re- 
loj de Santa Ana, cuando logré despertar a mi 
tía que roncaba a toda máquina. 

— ¿Qué pasa? — me preguntó sobresaltada. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 2<) 

— Parece que en la Plaza hai jente i conven- 
dría que usted no saliera. 

— Así debe ser, niño, porque no he podido 
conciliar el sueño con los trajines i golpes de 
la calle. 

Tranquilo por esta parte, regresé a la Plaza. 



III 

Comenzaba a correr ese frío penetrante que 
precede a la salida del sol. 

El Valdivia seguia formado donde mismo 
lo dejara, destacándose en la noche como una 
cerca impenetrable i profunda. 

Busqué a Beltran, referíle lo que habia visto 
i juntos nos dirij irnos en busca de nuestro 
jefe. 

El Coronel, la espada bajo el brazo, paseá- 
base delante del batallón. Olvidado de la san- 
gre pasada, me pareció orgulloso i feliz del éxito 
obtenido; porque la verdad era que, dado la- 
que él tenia en su presupuesto, según supimos , 
después, hasta ese minuto la fortuna estaba de 
su parte. 

Pero; ai! que la fortuna es mujer! 

— Gracias, abuelo! — contestó Beatriz. 

— Digo, mujer variable! — añadió el viejo.. 

Por lo demás, no se dio grande importancia 
a mis noticias, i no ocupándose nadie de noso- 
tros, nos fuimos a sentar en las gradas de la 
iglesia. 

Allí me refirió Beltran el principio de las» 
cosas. 



32 LA REVOLUCIÓN 



Mercedes había tenido razón : el encapotado 
que viéramos en la puerta de la Cárcel, era en 
efecto Urriola, que solo su alma, vistiendo su 
elegante uniforme de infantería francesa, que 
estrenó en el Chacabuco, habia salido de su casa 
— ese gran caserón, palacio i fortaleza de pie- 
dra, que su suegro don Francisco Valdivieso i 
Gormaz habia edificado en la esquina de las 
Monjitas i de la misma Plaza. 

Urriola que era zorro viejo en achaques 
revolucionarios, bien visto debia tener que no le 
era dable pasar por delante de la Cárcel en 
busca del Valdivia, dejando a retaguardia un 
piquete de tropa veterana, que a la vuelta ha- 
bríale de hacer fuego hasta morir, sin saber de 
qué se trataba. 

También debia saber que mi compadre Gu- 
tiérrez mandaba esa guardia. — Gutiérrez era 
del Chacabuco, batallón que Urriola habia for- 
mado con el mayor esmero. — Oficiales i tropa, 
todos lo adoraban, i, contando con esto, se 
lanzó a despertarlo, a tiempo que nosotros 
pasábamos. — Gutiérrez, al oir que su antiguo 
jefe encabezaba un movimiento i reclamaba su 
concurso, embarcóse con él como en la barca de 
César, i embarcó ademas a los treinta i dos 
soldados que componian el piquete, de sarjento 
a tambor. 

Allanado este tropiezo del camino, Urriola 
se dirijió al Cuartel del Valdivia, pasando por la 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I 33 

puerta del número 3 de Guardias Nacionales, 
.al lado abajo del Museo Nacional, que ocupa- 
ba entonces la esquina de Catedral i Bandera. 
— Ambos cuarteles deslindaban por el fondo, 
cerrándose el paso con una puerta i una herra- 
dura. 

Luego que Urriola se vio en la Mayoría, 
preguntó a Pantoja: 

— I la tropa? 

— Duerme en sus cuadras. 

— I los oficiales? 

— Unos pocos están en sus piezas i los otros 
no vendrán hasta mañana. 

Urriola quedó solo mientras Pantoja fué a 
despertar a los soldados, contando con el apoyo 
de siete u ocho sarjentos que se había ganado 
•en las diversas compañías. — El principal de 
todos era Juan de Dios Fuentes i en seguida 
un tal Arístegui, que después se empapó de 
sangre, en Magallanes, como segundo de Cam- 
biase 

Como decia el Capitán Pantoja, la mayor 
parte de los oficiales estaba ausente, — licencia 
inconcebible en tales circunstancias i causa 
principal del levantamiento del Valdivia. Ei 
Comandante Sepúlveda que lo mandaba en jefe, 
se encontraba en Nacimiento; Unzueta que 
hacia sus veces, cuidaba a su mujer enferma, 
i corriendo las alegrías de la Pascua, andaban 
Jos Capitanes Mauricio Barbosa, Miguel Salí— 

3 



34 LA REVOLUCIÓN 



ñas i siete u ocho oficiales subalternos; por 
manera que solo había que temer la presencia 
del capitán Florentino Torres i de Basilio 
Urrutia; habiendo velado hasta tarde, inquie- 
tos i recelosos, habian concluido por encerrarse 
a dormir a puertas cerradas. " 

Por manera que al apoderarse del Valdivia,. 
Urriola i Pantoja, a cinco cuadras de la Mone- 
da, no contaban con mas apoyo que esos sar- 
jentos, i en oficiales con los tenientes Juan 
Herrera i José Nicolás Huerta i el subteniente 
José Maria Carrillo. 

Al rumor de los soldados que salian al patio,, 
se presentó el capitán Torres, que era arjen- 
tino, preguntando lo que ocurría; por toda 
respuesta se le obligó a volver a su dormitorio, 
echándole llave por fuera, con uno de los can- 
dados que el sarjento Fuentes habia adquirido 
previendo la necesidad. 

Todo marchaba a las mil maravillas; Ja tro- 
pa seguia a sus sarjentos i éstos a Pantoja sin 
preguntar razones; en el mayor silencio car- 
garon las armas, recibiendo ademas diez tiros 
cada soldado. Urriola desaprobó esta medida, 
declarando que todo se haría sin quemar un 
cartucho; pues no se trataba de una revolu- 
ción, sino de intimar con la parada al Gobier- 
no. No se derramaría una sola gota de sangre. 
En esto se oyó un disparo. Fuentes habia 
desarrajado a quema ropa, por fortuna sin he- 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I 35 

rirlo, un pistoletazo sobre el sarjento de Ja 
Compañía de Tiradores, José Ramón Henri- 
quez, a quien sorprendió incitando a la tropa 
a no sublevarse. 

Henriouez fue llevado al calabozo con una 
barra de grillos; pero antes de salir del Cuar- 
tel, se le permitió agregarse a sus compañeros, 
a instancias del tenienta Huerta, que respondió 
por él. Terminados los preparativos, Pantoja 
dio a reconocer como jefe al Coronel Urriola. 

Con su voz de veterano, acentuada i metá- 
lica, dio éste las órdenes de marcha i el batallón 
salió a la calle, dejando en la mayoría veinti- 
cuatro mil pesos oro, que el capitán don Mi- 
guel Salinas entregó en ese mismo dia en la 
Moneda. 

Mui de otro estijo, mi amigo, a lo que hicie- 
ron los oficiales del rejimiento Maipo en Qui- 
llota, en el motín contra Portales... 

En Quillota, lo primero fué apuntarle a la 
caja del Cuerpo i después a la del Ministro, 
en el cerro del Barón!... 

De modo, don Panchito...le pregunté yo 
— que los jefes del Valdivia se quedaron sin 
barruntar lo ocurrido? 

— Así sucedió en el primer instante — me 
contestó — Urriola fuese creyendo que la for- 
tuna estaba de su parte i que todo quedaba 
hecho con sacar el Valdivia a la Plaza; pero 
tras de sus mismas espaldas la mano negra del 



■7,6 LA REVOLUCIÓN 



destino le tejia de prisa la tela de su propia 
mortaja. 

En tanto que Urriola esperaba en la Mayo- 
ría i Pantoja despertaba a la tropa, llegó a la 
puerta del Cuartel el Capitán don Rafael Fie- 
rro, a quien acababa de morírsele un tio. 

Fierro llamó al Sarjento de guardia; pero 
como éste le negara la entrada, el Capitán, sin 
sospechar lo que ocurría adentro, se dirijió 
tranquilamente a Ja pieza del Ayudante Cabe- 
zas, que tenia puerta a la calle. Teniendo que 
ir al Cementerio en la misma mañana, se echó 
vestido sobre el lecho, i desde allí, a oscuras, 
cuando cerraba los ojos, creyendo soñar, vio el 
misterioso desfile de su misma compañia i de 
todo el batallón. 

Voló adonde Unzueta, cuya mujer estaba 
de parto, i volviendo ambos al Cuartel, liber- 
taron a los encerrados i sacudieron a los dor- 
midos, celebrando entre todos una junta aver- 
gonzada de guerra i de caras largas. 

Habíanles robado el Cuerpo! 

¿Qué cuento contarle a Búlnes? 



IV 



La oscuridad prometía todavía mucha noche;, 
pero, visiblemente, el tiempo se perdia sin ha- 
cer nada de provecho, i como Ud. sabe, las. 
revoluciones que no marchan al trote de cala- 
cuerda, se suicidan o convierten en guerras 
civiles. 

Todos los conjurados, que en total eran once 
únicamente, estaban ya en la Plaza. 

Vicuña, desde temprano, habia ido a desper- 
tar a Pedro Ugarte, el famoso juez del crimen, 
a quien encontró afeitándose, i pronto salió, 
como para una cita afortunada, a despecho de 
la dolencia que le roia el estómago. 

Ugarte era todo un hombre. 

Tras de los conspiradores, seguian llegando 
centenares de curiosos, en gran parte sirvientes 
de casas que iban al Mercado, i en cuanto se 
imponian de la novedad, desaparecían a repar- 
tirla, trayendo otros nuevos. 

El pueblo miraba con simpatías ese aparato 
de combate; pero desde lejos, sin mezclarse en 
nada, salvo unos ciento o ciento cincuenta arte- 
sanos, encabezados por Juan Pirula i otros,, 
que pertenecían a la causa. 



-38 LA REVOLUCIÓN 

Pirula era un negro repartidor de zapatos 

.de la botería de Morales; no recuerdo su 

.nombre verdadero; pero a la historia ha pasado 

con el de Pirula, como podrian haberle dicho 

a él i a algunos otros — Parola. 

En distintos puntos, se alzaban oradores que 
arengaban a esa muchedumbre socarrona; Bel- 
tran i yo caimos en el mismo pecado, aunque 
sin fruto alguno. 

Recuerdo, como si lo estuviera viendo, a un 
joven que llegó armado con una escopeta, — 
una figura de las barricadas de Lamartine. 

A su vez tomó la palabra, diciendo que iba 
a derramar su sangre por la libertad i los san- 
tos derechos del pueblo oprimido. 

— ¡De vosotros! — concluyó el joven, esten- 
. diendo los brazos hacia la turba. 

— ¿Qué negocio irá a hacer este futre? — 
gritó un roto, — i esta pedrada anónima mató 
al orador. 

Nosotros nos apartamos también. 

Se habia contado, a lo que parece, con que a 
esa hora los grandes personajes del partido li- 
beral ya estarían al lado de Urriola. 

Parece también que no se le vio la cara a 
¡ninguno..,. En cambio, comenzó a llegar un 
elemento que no figuraba en el programa ofi- 
cial : el pililo, — alegre i flotante como sus hila- 
chas, despertado allá en sus lejanas rancherías 
^por el rumor deJ rio revuelto. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I 39 

Muí acortado al principio, luego entraba 
•en confianza, i viendo que se hablaba de pelea, 
no preguntaban por qué ni contra a quien, si- 
no que pedian armas i... plata para trabajar 
a gusto. 

Esto hacia reir en medio de cierto fastidio 
indefinible que iba estendiéndose sobre todos 
-los ánimos, cual una niebla llorosa. 

— ¡Van a llegar refuerzos! — circulaban va- 
rias voces. 

Inquiriendo de éste i del otro, logramos 
averiguar que Vicuña Mackenna, nombrado 
Ayudante de Campo por Urriola, habia sido 
•enviado a la Penitenciaria a traer el destaca- 
mento del Valdivia que mandaba Benjamin 
Videla. 

Vicuña saltó sobre el primer caballo que 
•encontró a mano, i rompiendo tinieblas i cru- 
. zando los pantanos de las últimas lluvias, al 
•cabo de una hora entraba con el destacamento 
1 la Plaza, al son de las cajas i en medio de 
universales aplausos. 

Entonces todos los ojos se volvieron al Cha- 
cabuco, al cual se esperaba de un instante a 
otro, partiendo de la base de las relaciones que 
mediaban entre Urriola i el Comandante Vi- 
ólela Guzman. Se daba por hecho que éste seria 
el segundo de aquél. 

Del reten de la Cárcel, Urriola pidió un 
soldado de confianza, i sacando del pecho un 



40 LA REVOLUCIÓN 

pliego escrito, enviólo al capitán González, de 
guardia esa noche en el Cuartel del Chacal- 
buco. 

— A González ! — murmuraron algunos, 
asombrados. 

Luego vimos con gusto que mediante- la 
enérjica i activa intervención de Ugarte, se to- 
maron, una tras otra, diferentes medidas. 



V 

Francisco Bilbao era de hecho el Jeneral en 
Jefe de los cinco mil Igualitarios, que había 
prometido llevar al combate a la primera seña 
que le hicieran; un grupo de estas milicias 
medio sacerdotales, que se reunia en la calle de 
Morandé, tenia desde temprano la orden de- 
tomarse el Cuartel Cívico del número 3; pe- 
netrando por los claustros del Valdivia, en 
cuanto éste saliera. Negocio de pocos momen- 
tos, echando abajo una puertecilla i sorpren- 
diendo a la guardia dormida; pero los tales 
Igualitarios, en vez de cumplir lo mandado r 
se vinieron en pos del batallón, a gallear a la 
Plaza. 

Bilbao dio cuenta de este hecho a tiempo 
que otros avisaron que el reten se habia atrin- 
cherado en las puertas i ventanas del Cuartel. 
Para tomarlo ahora, era, pues, preciso un asalto,, 
i Urriola no queria combate ; pero Carrera lo ? 
decidió a enviar una avanzada que le intimara 
bendición. 

Se envió al efecto, al Teniente Herrera del * 
Valdivia con catorce soldados i el sarjento Lai- - 
nez. 



42 LA REVOLUCIÓN 



Advirtiendo Carrera que la tropa era poca, 
detuvo al piquete en las gradas de la Catedral 
i fué a pedir refuerzos. 

Herrera, a su vez, se apartó algún trecho. 
— El i.° Lainez, aprovechando esta circuns- 
tancia, preguntó a los soldados: 

— A quién obedecen, conípañeros? 

— A usted, mi Sarjento! — contestaron éstos. 

I el piquete, desviando su rumbo, siguió a 
su primero. Herrera, sospechando lo que pa- 
saba, se lanzó sobre el cabecilla. 

— Párate, traidor! — gritó. 

— No se acerque, mi Teniente, —replicó Lai- 
nez, — porque lo mato. 

Herrera, ciego de ira, levantó la espada con 
empuje de partirlo; Lainez, entonces, disparó 
su fusil por debajo del brazo alzado, matando 
instantáneamente a aquel bravo i gallardo mozo 
a quien Búlnes en Matucana habíale cambiado 
su jineta por una charretera. 

I sin detenerse, los quince Valdivias llega- 
ron a la Moneda. 

Esto nos conmovió profundamente. No hu- 
bo mas que un grito para acusar a Lainez de 
traidor i de asesino; pero hoi que miro las co- 
sas con la serenidad del tiempo, veo que aquello, 
fué solo un duelo de hombre a hombre, en mo- 
mentos en que la revuelta habia de hecho sus- 
pendido los fueros i los grados. Por lo demás, 
¿ese Sarjento no habia prometido nada, ni nadie 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 43 

le había pedido nada. Sin embargo, me dicen 
que Lainez murió después de pena. 

Para restablecer los ánimos, contristados por 
ese triste lance, Bilbao marchó Allons enfants 
con una banda de sus lejionarios a cumplir la 
misión del infortunado Herrera; pero a una 
descarga de los cívicos, huyeron los lejionarios, 
dejando herido a Manuel Lucares. 

Como, al parecer, lo único que salia bien era 
aquello que Urriola hacia en persona, el Coro- 
nel se dirijió al batallón número 6 de cívicos, 
llamados los Bomberos, por el único motivo de 
que desde los tiempos de Freiré tenían una do- 
tación de cien valdes de lona para incendios i 
mas tarde un bombín. Mandaba el 6.° don Cu- 
cho Prieto. 

Para que ustedes se vayan enterando, diréles 
que el Cuartel del 6.° estaba en la misma Plaza, 
en el PalacioViejo, ahora Casa de Correos, i 
en todo ese tiempo no se habia pensado en 
ocuparlo. El oficial del reten, que también era 
del Chacabuco, quiso resistir, empeñándose en 
cerrar la puerta; pero le faltó valor contra su 
antiguo jefe. Ahí se armaron algunos de los 
nuestros. 



VI 

A todo esto, hacia ya tres horas que el Val- 
divia aguardaba una orden, que esperaba hacer 
algo. — Objetos de la curiosidad de todos; tes- 
tigos de las vacilaciones, idas i venidas de los 
caudillos; cansados de discursos i bravatas, 
aquellos veteranos se miraban unos a otros, ha- 
ciendo posturas de cansancio. 

I como nadie preguntaba aquello de ¿comió 
la jente? — ellos tampoco decian nada. 

Vi en ese momento' a Urriola, i me hizo el 
efecto de una águila con las alas mojadas. — No 
daba muestras de oir lo que le decian, tanta 
era su reconcentrada preocupación. — Cual sí 
hablara en sueños, a cada instante repetía: 

— I el Chacabuco? 

I en el cielo de nuestras ilusiones, la candida 
esperanza de este poderoso i seguro concurso, 
comenzaba a trocarse en una X de oscuras nu- 
bes. 

En pos del soldado que llevó el mensaje es- 
crito de Urriola al Capitán González, se habian 
sucesivamente enviado al Cuartel del Chacabu- 
co, al sastre Neri i a José Stuardo que aca- 
baba de ser libertado, junto con Francisco Pe- 



46 LA REVOLUCIÓN 



dro Aldunate, de la prisión cercana donde pa- 
gaban las culpas de la infantil conspiración de 
<lIos cartuchos^. — Stuardo logró hablar con 
González, i a fin de decidirlo, juróle por lo mas \ 
sagrado que en la Plaza tenian cañones, que 
acompañaban a Urriola i al Valdivia cinco mil 
hombres del pueblo, — lalejion apocalíptica que 
habia prometido Bilbao. — Stuardo volvió al 
campamento, diciendo que no habia obtenido 
de González mas que respuestas evasivas, lo 
cual fué para Urriola una contrariedad que lo 
aturdió; pues le sobraban motivos para contar 
con González: lo habia comprado en onzas de 
oro, entregadas esa misma noche. 

— Pero, ¿i Videla Guzman? — preguntamos 
casi a un tiempo, Beatriz i yo. 

— Urriola no le habia hablado una sola pa- 
labra, según supimos en ese mismo dia; conta- 
ba únicamente con que Videla, al imponerse 
del movimiento, iria a juntársele con su bata- 
llón. — Por esto, no trabajó sino a González — 
Algunos preguntaban en alta voz que por qué 
Urriola no iba solo o con el Valdivia a traer 
por bien o por mal al Chacabuco. — ¿Quién del 
Chacabuco levantaria su fusil contra él? 

En esto ocurrió otra escena que si hubiera 
sido aguacero, no habria mojado mas las plu- 
mas de nuestra fantasia. 

Era la mas negra. — Diréles que así como 
la Casa de Correos fué en antiguos tiempos el 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 47 

Palacio Viejo de los Presidentes, lo que es hoi 
Cuartel de Bomberos habia sido el Picadero o 
caballerizas de ese Palacio; pero en 1851 lo 
ocupaba el Cuerpo de Serenos. — Tomado el 
Cuartel del número 6, este se caia de su peso; 
mas nadie pensó en semejante cosa. 

I fumando estábamos con Beltran, en las 
gradas de la Catedral, cuando a nuestros pies, 
tranco a tranco i al mando de un capitán, pa- 
saron unos ochenta o cien serenos a caballo, 
Jos cuales se habian reunido i armado en su 
Cuartel, es decir a nuestras barbas, i se dirijian 
a la Moneda. — Cincuenta hombres del Valdi- 
via habrian sobrado para dispersarlos. 

De repente, el aire callado hasta ahí, se po- 
bló de ruidos. 

■ — ¿Sientes? — me preguntó Beltran. — Tocan 
jenerala! 

Era la verdad: A la puerta de los cuartelos 
cívicos, cuyos retenes de la noche estaban 
mandados por oficiales de línea, sonaban el 
conocido redoble, i viniendo de las faldas del 
Cerro, llegaban apaciblemente a nuestros oidos, 
con las brisas frescas del alba, oleadas de notas 
de la banda de Artillería, que tocaba diana, 
anticipando la hora. — Aquello era claro como 
el at;ua: el secreto de Urriola lo sabia ya todo 
Santiago. 

Pero, solo el retardo del Chacabuco contra- 
riaba al Coronel. 



LA REVOLUCIÓN 



— Vamos a buscarlo, — le decía Ugarte - — 
¿Qué nos detiene? — El único temible seria el 
mayor Pinto; pero José Manuel está ahora en 
Valparaiso con su compañiá. 

Urriola se limitó a enviar, una vez mas, a 
Vicuña Mackenna, en busca del perdido, gri- 
tándole, como si Vicuña tuviera la culpa de la 
demora: 

— Señor, -vaya a traerme al Chacabuco! 

Al cansado galope de su caballo, salió don 
Benjamín camino de la Recoleta. 

Estrañando la tardanza de Vicuña que solo 
tenia que andar ocho cuadras de ida i ocho de 
vuelta, comentábamos los incidentes de aquella 
larga Luna de Paita, cuando no recuerdo quién 
nos dijo que Pedro Ugarte i Federico Errá- 
zuriz habian ido a conferenciar con el Coronel 
don Justo Arteaga, que vivia en la calle de 
Santo Domingo. 

Desengañado ya de Urriola, Beltran me dijo 
al oido: 

— Si lo cambiarán! 

— Lo crees cobarde? 

— Es bravo como un tigre. 

— Torpe? 

— Tampoco. 

— Qué diablos, entonces? 

— Está abrumado, abatido i... engañado. — 
¿Dónde está el pueblo que prometieron? ¿A 
qué hora llegan los «cinco mil» hermanos que 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I ¿9 



Bilbao ha ofrecido a gritos en todas las reu- 
niones? 

Eso estaba tan patente como la fachada de 
la Catedral. 

Un movimiento de personas que se dirljia a 
Ja- Intendencia, nos arrastró hacia allá. — Don 
Victorino Lastarria, que acababa de llegar, ha- 
bia propuesto la celebración de un cabildo 
abierto a fin de que el pueblo consagrara el 
movimiento. — La idea fué aplaudida con entu- 
siasmo; pero no se pudieron encontrar las 
llaves de la puerta de la sala i no hubo ca- 
bildo... 

A ese tiempo llegaron varios amigos asegu- 
rando que el Chacabuco estaba viejo en la 
Plazuela de la Moneda, siendo esta la primera 
noticia que tuvimos del hecho. 

Por algunos vecinos de la Chimba supimos, 
en seguida, lo que habia ocurrido. 

Al pasar el rio, Vicuña, lleno de dudas, se 
cruzó con un oficial de Granaderos que daba 
agua a su caballo, de regreso del Chacabuco a 
la Moneda. 

Sin embargo, Vicuña siguió adelante; apeóse 
a la puerta del Cuartel i mientras comparecía 
González, por quien habia preguntado, trató 
de catequizar a los soldados de la guardia. 

En estas estaba cuando lleró González i lo 
invitó a entrar. 

Durante algunas horas, éste, en verdad, ha- 



50 LA REVOLUCIÓN 



bia sido dueño del Cuartel, como Capitán de 
servicio; pero a la una de la mañana pasó el 
mando al oficial don Pedro Maruri. 

Desde la mitad del patio, Vicuña reconoció 
bajo un farol, al Comandante Videla Guzman 
que se paseaba por el corredor como un león 
enjaulado. 

— Estaba ahí!... 

González, completando su segunda traición 
de esa noche, habíale enviado con el oficial de 
guardia Reyes Zorondo, la nota en que Urriola, 
— comunicándole que habia sido nombrado Co- 
mandante Jeneral de Armas por el pueblo, los 
cuerpos cívicos i veteranos de la guarnición, i 
estando enfermo el Comandante Videla, — le or- 
denaba tomar el mando del batallón i traerlo a 
la Plaza. 

Videla no estaba enfermo, sino recien casado 
con una de las bellezas mas renombradas de la 
calle de la Merced, por cuyo motivo se le habia 
concedido la noche por toda licencia de luna 
de miel. 

1, volviendo a González, para afianzar éste 
su obra o queriendo borrar sospechas, antes de 
qu¿. Vicuña articulara una palabra, lo entregó 
preso. 

Entonces Videla, subiendo a su caballo overo, 
famoso en las paradas de Santiago, salió de su 
cuartel, al frente de ciento treinta i ocho hom- 
bres; mas no tomó el Puente de Palo, que era 



DEL 20 DE ABRIL CE 185I 51 

el camino de la Plaza, sino el puente cié Za- 
ñartu que conducía a la Moneda. 

¡Ciento treinta i ocho hombres, — el gran 
refuerzo con que deliraba Urriola! 



yn 

Eran las seis de la mañana. 

El sol bajaba suavemente de los tejados de 
las casas. 

Sentí como un golpe en el corazón, uno de 
esos presentimientos que no se esplican, pero 
que arrastran i a veces salen ciertos, como en 
las novelas. 

— ¿Quieres que vamos a Santo Domingo i 
después, si tú quieres, hasta el Mercado? — le 
pregunté a Beltran, muerto yo de hambre i de 
amor. 

Santo Domingo era la iglesia de Erna. 

La emprendimos por la calle de la Nevería, 
a la cual muchos llamaban aun de Pescadores; 
llegamos a la plazoleta del templo i con gran 
sorpresa vimos que allí habia un parlamento 
de devotas que hablaban con asustados ade- 
manes. 

Dimos por allí mil vueltas i revueltas. — No 
habia un alma; es decir, no estaba Erna. 

— Duerme!... pensé. 

— No te queda mas que el chocolate !— me 
dijo Beltran. Nos retirábamos desconsolados, 
cuando nos detuvo una cara conocida, que se 



54 LA REVOLUCIÓN 



sonreía bajo el manto, con aparato de tener 
algo que decirnos. 

— Divina Carmen! — esclamé — ¿Qué haces 
aquí? 

Na Carmen habia criado a las niñas i seguía 
siendo el perro fiel de cada una. 
— Vengo con misiá Erna. 
— ¿I dónde está? 

Aquella santa vieja echó a andar i nosotros 
la seguimos como a la estrella de Belén. 

Entró, en fin, a la Posada de Santo Domin- 
go, que se conserva intacta, i en el zaguán 
descubrimos la elegante silueta de Erna, el 
manto hasta los ojos. 

Beltran, que siempre encontraba las gran- 
des palabras del comienzo. 

— Usted aquí! — esclamó con un tono de 
fraternidad tan llano i afectuoso, que la con- 
versación se enhebró en el acto. — I viéndola 
conturbada i retraída, siguió con una retahila 
de preguntas, a favor de las cuales Erna pudo 
serenarse un poco. — Le hubiera dado a -Bel- 
tran el mando del Valdivia! 

— Mi mamá estaba con cuidados — principió 
Erna. — Varios vecinos fueron a prevenirnos 
que atrancáramos la puerta... 

— I Ud. ha venido — la interrumpió Beltran, 
a pedir a Dios por los soldados de su causa? 
Aquí tiene Ud. dos, Erna. 

— Pero habrá combate? — insistió ella. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 55 

A grandes rasgos la impusimos de lo que 
ocurría. 

— En todo caso, — nos dijo, — ustedes saben 
que tienen una casa libre de toda sospecha; 
pero ¡cuidado, Beltran!... ya saben que tam- 
bién tienen amigas que les recen i... lloren... 
Beltran tosió, volviendo la cara. Yo habría 
caido de rodillas a los pies de esa celeste visión 
que descendía a nosotros como ese sol que, con 
su luz sonrosada, nos habia hecho olvidar las 
angustias de la noche. 

Un redoble de tambor me despertó de aquel 
dulce ensueño. 

Mientras yo le tendía mi mano en señal de 
adiós, la de ella, sin prisa, corría sobre su seno, 
bajo su manto, buscando algo. 

— El de su pleito de anoche! — me dijo, ob- 
sequiándome un ramo de flores que todavía 
dormían, tibias aun con el calor de su nido. 

Al pasar a mi lado, Carmen me secreteó, 
diciéndome: 

■ — No ha pegado los ojos en toda la no- 
che!... 

Al volver a la Plaza por la misma calle de 
la Nevería, encontramos de frente a dos enlu- 
tadas: una señora i una joven. 

Después que pasaron, Beltran se apoyó en 
mi brazo. 

— La señora i la hija del coronel Urriola! 
— esclamó, palideciendo de emoción. 



$6 LA REVOLUCIÓN 



Nos quedamos allí clavados, siguiendo con 
la vista ese grupo del Presentimiento, enlutado 
ya con las gasas de la noche i de las lágrimas. 

I como náufragos que arriban a la playa de 
la última esperanza, madre e hija entraron a 
Santo Domingo... 

Llamaban a misa. 

— Te envidio tus penas! — sollozó Beltran, 
cuando las dos bellas figuras se borraron en las 
sombras de la ancha nave. 



VIH 

En este punto de la relación, — Beatriz miró 
su reloj, i dejando la costura, fuese a preparar 
la cocoa del abuelo. — Era la hora. 

Mi Anjel de la Guarda! — me dijo don Pan- 
chito, cuando la nieta pasó al cuarto contiguo : 
pero como ésta se había quedado escuchando, 
burlescamente tras de la puerta, volvió para 
decirle a besos, un dedo alzado en son de 
amenaza : 

— ¡Cuidadito, porque estoi oyendo!... 

Mi querido viejo se sonrió con una espre- 
sion de infinita complacencia. 

Volvió a cargar su pipa, pausadamente, sin 
pronunciar palabra. 

Después dijo: 

— Cásate, niño. . . — Los hijos son la conti- 
nuación de la vida, i los nietos la resurrección 
anunciada. 

Ambos callamos... hasta que Beatriz vol- 
vió. 



IX 



Don Panchito continuó: 

— Pero, en el entretanto, ¿que hacia Búlnes? 
preguntarán Uds. — ¡Ah! que Uds. son muí 
chiquillos para saber qué hombre era Búlnes i 
i lo que hizo en esas tribulaciones. 

A las tres i tres cuartos de la mañana, Sal- 
gado le sostenía el estribo de su montura, a 
Ja puerta de Palacio. — Búlnes, que era muí 
gordo, se alzó pesadamente; Salgado arregló 
las riendas, los faldones de la casaca, los tiros 
del sable i viendo que nada faltaba, subió a su 
turno a caballo. 

En cuanto Búlnes se vio sobre el suyo, los 
que le rodeaban pudieron convencerse de que 
aquel Jeneral, nunca vencido en ningún campo 
de batalla, no dejaría que una revolución calle- 
jera tocara con sus manos al Presidente de la 
República. 

Pocos dias antes, subiendo las escaleras de la 
Presidencia, alguien le hablaba de la posibilidad 
de un levantamiento. — Búlnes se detuvo en un 
descanso, i golpeándose su amplio pecho, con- 
; :estó : 



ÓO LA REVOLUCIÓN 



— Para llegar hasta aquí, tendrán, primero, 
que pasar sobre éste!... 

En este punto, sus mismo enemigos, es de- 
cir, los pocos que por el momento podia con- 
citarla la situación creada, hacíanle plena justi- 
cia. — Era Búlnes el soldado invencible, el mas 
glorioso, el mas chileno i popular de cuantos 
conocia el pueblo, después de O'Higgins, i en 
aquellos instantes se mostró desde el primer 
minuto a la altura de su puesto i de su gloria. 

No tuvo una sola flaqueza; no vaciló un 
momento: fué el mismo desde que lo despertó 
Baquedano hasta que se desmontó del caballo, 
cerca del medio dia. 

Sin embargo, cuando jinete en su tordillo, 
solo entre su Ministro i su asistente, comtem- 
pló la situación, debió presentársele tan cerrada 
i oscura como la noche sin luna que envolvía 
la ciudad. 

Racionalmente tenia que darse per perdido. 

Todo eso duró poco, es verdad; pero en lo 
poco que duró, pienso que vivió muchos días. 
7^1 despertar con la noticia de que estaba en 
la Plaza, sublevado, el batallón que él mismo 
apellidara el primero del Ejército i al mando 
de un jefe tan aguerrido como Urriola, dio 
por hecho que el ataque a la Moneda se pro- 
nunciaría seguramente antes de que conclu- 
yera de vestirse. — Cierto que los Granaderos 
estaban al alcance de su voz; pero éstos no 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 6 I 

tenían municiones i los caballos se encontra- 
ban en Renca, en los potreros de la chacra de 
Infante. — La Moneda entera talvez crujió en 
su cerebro. — Poniéndose en el caso de Urriola, 
daba así mismo por tomado ya el Cuartel de 
Artillería, donde estaba el Parque, i los otros 
puntos militares de la guarnición. 

Escuchó un rato, creyendo sentir en las 
tinieblas el avance triunfal del enemigo: eran 
sus hijos, — un ramo de niños que adoraba con 
locura. 

— Llama a Minvielle! — ordenó a Salgado. 

Don Rafael que vivía en la calle de Moran- 
dé, frente a la puerta falsa del Palacio, no tar- 
dó en presentarse. 

— A casa de mi suegro! — indicóle Búlnes. 

Poco después, volvió Minvielle, asegurando 
que la familia quedaba en poder del Jeneral 
don Francisco Antonio Pinto, que vivía en la 
Alameda, en la casa que es ahora de clona 
Juana María Lecarcs. 

Aliviado de este gran peso, respiró con ale- 
gría; i pronto tuvo otra mas, porque mirando 
en torno suyo en esa hora que no era hora de 
amigos, volvió a encontrarse con don Antonio 
Varas, impasible a su lado. 

Se estrecharon las manos en silencio, como 
dos que se sienten iguales, i comenzó ia obra 
del soldado. 

Resuelto a morir en la demanda, clavó sus 



02 LA REVOLUCIÓN' 



tiendas en la esplanada de la Casa de Gobierno. 

En seguida despachó a sus ayudantes de 
campo : 

Uno a casa de Videla Guzman con la orden 
de que en el acto tomara el mando de su 
cuerpo i la prevención de que, estratéjica- 
mente, debía considerarse cortado de la Mone- 
da por EJrriola; otro a buscar al Coronel Mar- 
cos Maturana, i dos o tres mas a los diferentes 
cuarteles cívicos para que tocaran jenerala i los 
respectivos retenes defendieran sus puestos. 
Otros partieron a Renca a traer la caballada. 
No se olvidó un detalle. Dando por abando- 
nada la Penitenciaria, envió al Capitán don 
Manuel Chacón con un destacamento de se- 
renos, los cuales llegaron a tiempo que los 
detenidos se armaban para irse sobre los pocos 
soldados que dejaran Videla i Vicuña. Despa- 
chó igualmente un propio a Melipilla, a fin de 
que el batallón Yungai se viniera sin detenerse 
en el camino. 

Mandó también por el Cuerpo de Cadetes 
a la Ollería. En esto, sin duda, se le pasó el 
caballo; pero habiéndose negado rotundamen- 
te el Jeneral Aldunate a cumplir la orden, j 
Búlnes aceptó las razones que, a nombre del 
ilustre soldado, a quien llamaban el Bayardo 
chileno, dio el Mayor don José Antonio Vi- 
llagran. 

— ¡Bravo! — esclamó de pronto Búlnes, oyen- 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 63 

do que en los cuarteles cívicos comenzaban 
la jenerala. 

Era la fortuna, su antigua i leal cantarada, 
qne alzando el vuelo de la Plaza, tendia de 
nuevo sus alas hacia él. 

Luego se presentó el Coronel Maturana. El 
ayudante que habia ido a buscarle no solo lo 
encontró en pié, sino en pié de guerra a todo 
su Cuartel. 

La esposa del Sarjento Jáureji, que iba al 
abasto, le habia llevado a la cama la noticia de 
que en la Plaza estaba un batallón sublevado. 
Sin esperar mas pormenores, el Coronel sacó 
de almacenes cuatro obuses que acababan de 
llegar, i los puso en batería, cargados hasta la 
boca. 

Como en ese momento no se encontraran 
en el Cuartel mas que^uarenta soldados, or- 
denó tocar diana inmediatamente, con lo cual 
logróse reunir media compañía, armando hasta 
a los músicos. 

Antes de marchar a la Moneda i compren- 
diendo los peligros de abandonar su puesto, 
Maturana llamó a Erasmo Escala i como era 
hombre de muí pocas palabras, se limitó a 
decirle, seguro de serjobedecido al pié de la 
letra: 

— Capitán, Ud. me defiende el Cuartel a 
sangre i fuego. — Ahí queda Marc.is. 

— Bueno, mi Coronel — respondió Escala. 



6 4. LA REVOLUCIÓN 



Llegado al campamento del Palacio, no se 
habló mas que esto, como en Esparta: 

—Puede Ud., Coronel, defender la Artille- 
ría? — preguntó Búlnes. 

— Sí, mi Jeneral! 

— Resistirá Ud. al Valdivia? 

— Sí, mi Jeneral. 

— I al Chacabuco? 

— También, mi Jeneral. 

I regresó a su Cuartel. — Búlnes, cuyo buen 
humor ya volvía con la esperanza, llegó hasta 
recordar que Maturana, después del triunfo de 
Guías, habia entrado a Lima sentado en una cu- 
reña, i al hablar de esa batalla, se le fueron al 
pecho sus mocedades; llamó a Salgado i con 
cuatro granaderos que éste elijio, clavó espue- 
las a su caballo i se perdió en las calles oscuras, 
sin prevenir a nadie. 

Adonde iba? Qué locura intentaba? Acaso 
un suicidio contra un batallón entero 3 

No Je conocían bien los que tal pensaban. — 
Viendo que el Valdivia no llegaba, dirijióse a 
ver por sus ojos lo que hacia, i por la calle de 
la Compañía llegó hasta la esquina de la Plaza, 
que entonces no tenia un solo árbol. — Allí 
miró la tempestad, oyó sus rujidos i tornó al 
trote a su campamento, asegurando qua el da- 
do se habia vuelto i la situación era suya. 

Intentó volver con un solo edecán para pre- 
sentarse al Valdivia; pero don Antonio i las 



DEL 20 DE ABRIL DE 185I 65 

ciernas personas que allí estaban lo disuadieron. 
Búlnes no se consoló nunca de haberles obe- 
decido. — En sus últimos años se lo reprocha- 
ba como su falta mayor. 

I yo creo lo mismo; creo que si Búlnes se 
presenta al Valdivia, Urriola envaina su espa- 
da i los soldados le presentan armas: todos Ra- 
bian comido en un mismo plato los triunfos 
inolvidables del Perú,— sin contar que el in- 
fortunado Urriola tenia ya de sobra para dar 
por cancelados sus compromisos i la tropa es- 
taba desconcertada i aburrida. 

A mayor abundamiento, Búlnes pudo tam- 
bién presentarse al batallón alzado, con la 
mayor parte de sus oficiales, pues a esa hora ya 
se habian puesto a sus órdenes, el Comandante 
Unzueta, los capitanes Barbosa, Urrutia, Fie- 
rro, Salinas i Torres, nueve oficiales subalter- 
nos mas i diez reclutas chillanejos, todos los 
cuales, como lo probó Urrutia poco después, 
estaban resueltos a borrar con su heroismo el 
descuido fatal de un instante. Mauricio Barbo- 
sa, era otro tigre, — negro como la noche i va- 
liente hasta la temeridad. 

A reglón seguido se presentó Lainez con 
sus catorce Valdivias; llegó, por fin, la caba- 
llada i los granaderos que hasta ahí se habian 
mantenido a pié firme, sable en mano, forman- 
do un muro de corazones a su Jeneral, se lan- 
zaron sobre los caballos, sin atender orden 

5 



66 LA REVOLUCIÓN 



ninguna, ávidos de verse en su elemento. Búl- 
nes se sonrió al presenciar ese desbande, recor- 
dando que él al despertar, habia sentido el 
mismo impulso, i por Jo demás, seguro de que 
sus niños volverían solos a ocupar sus puestos. 

I así fué, porque en una de dos por tres, 
salieron a la plazuela trescientos diezinueve 
granaderos, cuyas caras, ahora* radiantes, pare- 
cian decir a gritos: 

— I qué hacen que no vienen! 

I doi por cosa hecha, que si el Valdivia se 
encajona en la calle del Chirimoyo, i mejor si 
se desparrama en toda las que conducen a ella, 
así tan bravo i diestro cual era, no resiste al 
huracán de los granaderos lanzados al galope 
de sus cargas chivateadas, a la vista de su viejo 
Jeneral. 

¿Sabe Ud., mi amigo, lo que es una carga 
de caballería, con caballos i rotos chilenos? 

Es un brazo de mar que sale de madre i pa- 
dre i del cual cada gota es un hachazo. 

Yo he visto a nuestros Tejimientos de caba- 
llería hacer terremotos en el suelo del Perú i 
i en el alma de los mas intrépidos. 

Hágame Ud. la gracia de meter eso en Ja 
manga de una de nuestras calles estrechas i 
ríase de estas maquinitas que han inventado 
los franceses... 

■ — ¿Las ametralladoras? 

— O lo que sea: derribarán éstas dos, tres i 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 6j 

hasta cuatro mitades. Ponga Ud. que de éstas 
mueran todos, aun cuando no ha habido heca- 
tombe que no haya dejado uno para contarla; 
pero cuando la distancia llegue a estrecharse a 
una cuadra, por ejemplo, yo le aseguro a Ud. 
que no hai mano de valiente que acierte a darle 
vueltas a la maquinaria. 

En la guerra, i particularmente, en la de 
poblado, la carga de la caballería es lo grande, 
lo irresistible, lo sublime, — brutalmente subli- 
me. Eso debe embriagar al jinete i al caballo. 



X 

Búlnes tenia sobrados motivos para creerse 
hasta ahí dueño de la situación militar de la 
plaza. 

De todas partes le enviaban buenas noticias, 
i sobre la base de lealtad de que habia dado 
tan alto ejemplo el señor Varas, en la primera 
hora, de momento en momento, crecia el nú- 
mero de amigos i servidores que le rodeaba. 

Casi a un timpo, llegaron a la plazuela, don 
Máximo Mujica, el Comandante Rafael La 
Rosa, i jefes tan prestijiosos como el Teniente 
Coronel don José Maria Silva Chaves, a quien 
habian dado noticia de la sublevación los mis- 
mos que fueron a despertar a don José Vic- 
torino Lastarria, en la calle de la Merced 
arriba. 

I cada uno de los que llegaban, colocábase 
en silencio en el puesto en que creia ser útil, i 
no se hablaba mas; pero un jinete árabe que 
apareció envuelto en un manto blanco, arrancó 
grandes aplausos: resultó ser don Domingo 
Faustino Sarmiento que venia desde su quinta 
de Yungai a ofrecer su continjente, armado de 
una escopeta de dos cañones. 



JO LA REVOLUCIÓN 

Otro de los que se presentó desde temprano 
fué el Mayor Don Juan Navarro, veterano 
que contaba con treinta años de servicio. 

Como llegara pidiendo un caballo, en cir- 
cunstancias que no habia ni para los ayudan- 
tes, Búlnes, sin ver quien hablaba, disparó dos 
o tres juramentos de cuartel, lo cual no impi- 
dió que Navarro dejara en el combate sus 
cincuenta i dos años de edad. Navarro era 
español, paisano de Maroto, i tuvo la desgra- 
cia de que por mucho tiempo se Je confun- 
diera con el asesino de Manuel Rodríguez, a 
causa de la igualdad de nombres. 

En ese mismo momento, llevaron a la Mo- 
neda el aviso de que en la plaza varios suble- 
vados instaban a Urriola para que prendiera a 
Don Manuel Montt, que vivia en la calle de 
la Merced, a dos cuadras de la revuelta, en la 
casa que fué de la familia Larrain, llamada los 
Ochocientos. — Se supo también que Urriola 
rechazaba indignado la idea; pero de todos 
modos, el peligro era inminente. 

Mas, Don Manuel habia sido puesto en sal- 
vo por el clérigo Don Juan Ulloa, antiguo 
profesor del Instituto, que vivia en casa del 
señor Montt, i hubo de particular que la pri- 
mera noticia del peligro se la llevó un enemigo 
político, el joven don Vicente Maria Larrain, 
oculto noblemente en su capa para no ser visto 
ni agradecido. 



DEL 20 DE ABRIL DE 185I 



71 



Don Manuel, acompañado de Don Anacleto 
Montt, su cuñado, — i de Ulloa, había salido 
para dirijirse a la Moneda, estraviando calles; 
pero luego los detuvo el tumulto de gritos i 
carreras que dominaba en esas vecindades. — A 
menos de ir hasta la Cañada, la empresa pare- 
cia imposible. — Entonces Ulloa, golpeando a 
la puerta del convento de la Merced, hizo en- 
trar a don Manuel a la celda del padre Ravest, 
que ademas de Provincial, era un antiguo ca- 
pellán de la Artillería. 

Al aclarar, llegó a buscarlo el Comandante 
Don Tomas Yávar, segundo de Granaderos, 
arribando poco después, sin novedad, al cam- 
pamento de la Moneda. 

Don Manuel subió en uno de los caballos 
de Búlnes, i durante toda la jornada estuvieron 
hombro con hombro, resueltos a correr ambos 
la misma suerte. 



XI 

La noche, — manto de todas Jas traiciones 
del amor o de la guerra, — comenzaba a desga- 
rrarse en jirones. Búlnes ya no la necesitaba. 
A favor de la oscuridad, todas sus órdenes 
habíanse militarmente cumplido. Ya no lo ca- 
zarían en una ratonera. El que le venciera, 
vencería como bueno, cara a cara, a la luz del 
claro sol. 

Un Ayudante de Videla Guzman llegó a 
prevenirle la aproximación del Chacabuco. Mi- 
nutos después, el refuerzo que todavía espe- 
raba el Coronel Urriola, entró a la plazuela i 
ocupó su puesto, sin vivas ni abrazos... Allí 
no se aplaudía a nadie. 

En el mismo austero silencio habian forma- 
do modestamente, como pidiendo licencia para 
cumplir su deber, los ochenta o cien serenos 
qne poco antes flanquearan el campamento del 
Valdivia. 

Revistando sus tropas, Búlnes computó cer- 
ca de 580 hombres. 

Seguro así de la Moneda, creyó prudente 
darle una mano al cuartel de Artillería, sa- 
biendo que aquel viejo claustro, a medio caer- 



74 LA REVOLUCIÓN 



se, no tenia mas defensa que el valor probado 
de los que estaban dentro. I como en él, el 
pensar era hacer, luego salió al galope, acom- 
pañado de don Máximo Mujica i de un lijero 
piquete de la escolta. De nuevo, queria ver 
por sus ojos. 

Rematando su caballo a la puerta del cuar- 
tel, i, sin apearse, habló con Maturana que 
habia salido a recibirlo. Pidió noticias! ofreció 
refuerzos. 

Los veteranos, agrupados en el zaguán, le 
saludaron con sus gorras, recordando a Buin, 
Matucana i Yungai, donde habian combatido 
mano a mano. 

— Hasta la vista! — les contestó Búlnes. 

Don Máximo Mujica que tenia el don de 
contar cosas características, referia después que 
Maturana, todo avergonzado al ver que el 
Jeneral jugaba su vida por llevarle en persona 
sus promesas, i no pudiendo aceptar que éste 
se desprendiera de las fuerzas que debian res- 
guardar únicamente su persona, habia conclui- 
do por decirle, casi empujando el caballo: 

— Está bien, señor. No se acuerde mas de 
mí i ¡Adiós! 

— Así eran, jovencitos, los hombres de mi 
tiempo! — esclamó con orgullo mi viejo amigo. 

I continuó en seguida: 

Pero antes de llegar a la Moneda, ya Búlnes 
habia cambiado de parecer respecto al refuerzo 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 75 

que acababa de asegurar a Maturana, i en vez de 
enviárselo, ordenó a Videla Guzman que con 
la mitad del Chacabuco fuera a traer dos de 
las piezas que defendían la Artillería, a fin de 
•reforzar la guarnición de la Moneda. 

Dirán ustedes que estas eran contradiccio- 
nes o confusión de Búlnes; pero si ustedes 
hubieran visto que en ese mismísimo instante 
un Consejo de Guerra compuesto de Urriola, 
Ugarte i Pantoja, decidia en la Plaza no ata- 
car ya la Artillería sino la Moneda, se con- 
vencerían de que Búlnes, gallo de cien peleas, 
les estaba como leyendo el pensamiento. Co- 
nocia tanto el naipe como a los que le talla- 
ban!... 

Maturana, sin hacer observación alguna, 
confió las dos piezas al Capitán Escala, dióle 
por ayudante a su propio hijo Marcos, que era 
un niño, agregó ocho sirvientes para el manejo 
de aquéllas, i cerró de nuevo su portón, que- 
dándose mui conforme en aquella jaula flan- 
queada de alto a bajo por el Huelen. 

Cuando Videla Guzman regresó a la plazue- 
la, S. E. el Jeneral Búlnes, apoyado en el bo- 
rren de la montura, tomaba tranquilamente su 
primer desayuno, — una taza de mote que por 
su mano le pasó el vendedor i que el jeneral 
pagó con la suya. 

En el polo opuesto, Urriola a la misma ho- 
ra, calábase sus guantes blancos. Por esto Vi- 



LA REVOLUCIÓN 



cuña Mackenna, me decía con mucha gracia, 
comentando estos contrastes: 

— ccl son los jenerales que comen mote en 
las batallas los que las ganan. . . Los que can- 
tan la Canción Nacional las pierden... 



XII 

De pronto, todas las cabezas se irguieron, i 
los Granaderos se afianzaron en sus estribos. 
Llegaba el caso tan esperado. Una oleada de 
Canción Nacional, llenando la calle del Chiri- 
moyo, azotó aquellos rostros contraidos: Era 
la banda del Valdivia que, al frente de la divi- 
sión enemiga, desfilaba por la del Estado, a 
tres cuadras de Búlnes!... 

Devolvió éste la taza vacía, i su corneta 
de órdenes tocó atención, por toda respuesta 
al guante que le arrojaban de tan cerca. 

Daban en San Francisco las 7 de la mañana. 

Una mañanita de abril, — tibia i dulce como 
para perderse en un bosque, pisando hojas se- 
cas. . . 

En esto advirtieron que en la Tesorería Je- 
neral habia un millón de pesos en monedas de 
oro, i era ademas conveniente que una perso- 
na de toda confianza custodiara el departa- 
mento de la Presidencia. 

Don Antonio Varas designó para velar el 
oro a su sobrino Don Santiago Prado, i Don 
Manuel Montt confió el segundo cargo a 
Pedro León Gallo, primo hermano. 



XIII 

— I de un volido, nos dijo Don Panchito — ■ 
vamonos a la Plaza, que yo tengo los polvos 
de la Madre Celestina. 

La noticia de que el Chacabuco estaba for- 
mado en la Moneda, acabó de costernar a 
Urrioía, i sus últimos momentos en la Plaza 
no fueron sino una triste agonía. 

Del guerrero lejendario no quedaba ni la 
sombra. 

Era una máquina a la cual movia únicamen- 
te el temor del que dirán, — el respeto de su 
palabra comprometida. 

La luz del sol, así como habia disipado las 
tinieblas encubridoras de la noche, también 
ponia las cosas en evidencia, no dejando ya ni 
el triste consuelo de dudar. 

Haciendo su balance, el caudillo de la revo- 
lución tenia que llegar a estos resultados, desde 
luego: 

El pueblo prometido brillaba por su ausen- 
cia; los magnates que debian compartir la tre- 
menda responsabilidad del levantamiento, aca- 
so esperaban en el rincón de sus hogares que 
los hados fallaran entre Búlnes i Urriola, 



LA REVOLUCIÓN 



para ir, según eso, a saludar al sol que se le- 
vantara sobre la polvareda del combate. En la 
duda se abstenían filosóficamente. 

El hecho es que allí no estaban. 

Los cinco mil Igualitarios, suscritos por Bil- 
bao, de puro bíblicos, como su jefe, habían 
concluido por hacerse mitol ojíeos, si la mito- 
lojía es solo una ilusión. 

I la obediencia del Chacabuco al Gobierno; 
Videla Guzman, sobreponiendo su deber de 
soldado, a los de la gratitud, la amistad i el 
parentesco, siendo como eso fué una puñalada 
para Urriola, no era, con todo, la última par- 
tida de aquel cruel inventario. 

El mismo Valdivia, la formidable columna, 
habia dado durante la noche, mas de un moti- 
vo para dudar de su firmeza. 

I era evidente que la tropa perdia su entu- 
siasmo, si lo habia tenido; que los soldados se 
dejaban arrastrar; que el fuego de la novedad 
habíase estinguido en cinco horas de espera, i 
que si aquellos veteranos entraban ahora al 
fuego, seria únicamente por cuenta de su amor 
propio. 

Perdida la noche i con ella la ventaja segu- 
ra de las sorpresas, era llegado el momento de 
combatir, i Urriola no quería combate ni de- 
rramamiento de sangre; la lucha no entraba 
en sus planes; se lo habia dicho al Valdivia. 
No deseaba tampoco deponer a Búlnes i 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 



sustituirlo él. En suma Urriola no hacia una 
revolución; según los pliegos que, escritos, se 
le encontraron en la casaca, su acción se limi- 
taba a apoyar con una parte de la guarnición, 
un movimiento popular que tenia por objeto 
exijir del Gobierno un cambio de Ministerio i 
la designación de una junta consultiva que 
deberia componerse de don Bruno Larrain, 
don Manuel Eyzaguirre i don José Miguel 
Carrera, sirviendo de secretarios don Federico 
Errázuriz i don Domingo Santa Maria. 

Tal era la verdad de la situación i el estado 
moral de Urriola, cuando empujado por todos, 
dio la señal de alistarse, contrariando sus de- 
seos i propósitos. 

Pero hubo aun algunos episodios. — Se vio 
llegar al poeta Lillo, pidiendo un puesto en 
las filas de sus correlijionarios. Desterrado a 
Castro, Eusebio habíase venido en una ba- 
landra hasta Valdivia; allí se concertó con 
el correo que trasportaba la correspondencia 
desde esa ciudad a la de Concepción, i cru- 
zando toda la Araucanía, salvaje entonces, 
acababa de llegar a Santiago. Aquí les diré que 
el correo que acompañó a Lillo, un tal Dávi- 
la, no hacia mucho que habia salido de la cár- 
cel de Valdivia, acusado de haber tomado 
parte con los indios en el horroroso saqueo del 
bergantin El joven Daniel, en el cual fué ro- 
bada por los araucanos la hermosa Elisa Bravo. 

ó 



LA REVOLUCIÓN 



De allí a poco, las campanas de Ja Catedral 
empezaron a tocar a íuego. Algunos se alar- 
maron; pero pronto se supo que Miguel 
Lazo, que andaba con los pantalones arreman- 
gados para mayor comodidad, habia obligado 
al sacristán a tocarlas, bajo la presión del es- 
toque de que estaba prevenido. 

Urriola se c;\lzó sus guantes blancos, i al- 
zando la espada, dio la orden de marchar en 
columnas. El Valdivia pareció revivir; la ban- 
da rompió con la Canción Nacional i algunos 
se dieron a cantarla a todas voces, lo cual 
contrarió visiblemente a los soldados. Ya esta- 
ban hartos de comedias patrióticas. 

El orden de marcha se estableció de este 
modo: al frente Urriola, rodeado por Manuel 
Recabárren, Carrera, Lillo, Bilbao i Vicente 
Larrain Aguirre, a quien acompañaba su hijo 
mayor, un niño de dieziseis años, todos los 
cuales formaban el estado mayor del Coronel, 
demostrándole que sucumbirían a su lado, i 
en verdad sea dicho, heroicamente llenaron 
ellos bien pronto el hueco que dejara la pru- 
dencia de tantos otros. 

Seguía después el Valdivia, con su traje ne- 
gro i verde de parada; a continuación los 
Chacabucos del reten de la Cárcel, al mando de 
Gutiérrez, i, cubriendo la retaguardia, la masa 
informe i abigarrada de artesanos, curiosos i 
pililos, entre la cual se destacaban los brillan- 



DEL 20 DE ABRIL DE I85I 83 

tes uniformes de los oficiales cívicos don Sil- 
vestre Lazo, Luis Bilbao i Ricardo Ruiz. 

Al pasar la compañía de Carabineros, un 
joven, Marco Gutiérrez, abandonó su caballo 
i se puso a su frente, aclamado por todos. 

La marcha se continuó por la calle del Es- 
tado. 

— Al desfilar bajo los balcones de la se- 
ñora-Carrera, ella i todos los que la acompa- 
ñaban, vivaron a Urriola i al Valdivia. — 
Entre los concurrentes, divisábase a don Bar- 
tolomé Mitre, el cual simpatizando con nues- 
tra causa, seguia con avidez los pasos de la 
revolución. 

El avance por la calle del Estado fué, por 
lo demás, una continua ovación del pueblo 
agolpado en las aceras. 

Al llegar a la plazuela de San Agustín, se 
divisaron, cruzando al trote por la Cañada, las 
últimas hileras de la columna del Chacabuco 
que escoltaba los cañones del capitán Escala. 
El bravo i entusiasta Pantoja, un verdadero 
convencido, suplicó a Urriola le permitiera ir 
con su compañía a. quitar esos cañones, para 
-lo que bastaba, a su juicio, que él se despren- 
diera por la calle de Agustinas, i doblando por 
la de Bandera, los atacara de frente, en tanto 
que Urriola, siguiendo su camino, los cojía 
por retaguardia. 

Todos se veian ya batiendo las puertas de 



84 LA REVOLUCIÓN 



la Artillería con aquellos cañones; pero Urrio- 
la contestó secamente: 

— Esos cañones serán nuestros en media 
hora! 

Pantoja se puso lívido de cólera, i todos es- 
timaron que nuestro Coronel regalaba esas ar- 
mas a Búlnes, desairando a la fortuna que 
las ponia al alcance de su mano; pero a mí 
siempre me pareció que aquellas eran cuentas 
alegres. — Mui superior el Valdivia al Chaca- 
buco, ciertamente, para destrozar su débil co- 
lumna; pero trabado el combate en la calle de 
la Bandera, a una o dos cuadras de la Moneda 
¿Búlnes se habría quedado mirando? Sus Gra- 
naderos estaban muertos? 

¡Las ilusiones de toda aquella larga noche 
de ilusiones! 

Seguimos andando, i fué talvez lo mejor. Al 
enfrentar a la calle del Chirimoyo, la banda 
del Valdivia acortó el paso i comenzó a soplar 
con mas fuerzas, vueltos los músicos hacia la 
Moneda. — Según se habia resuelto en la re- 
ciente junta de guerra, debíamos marchar so- 
bre aquélla; pero Urriola cambió de plan i 
seguimos para la Cañada, al asalto del Cuartel 
de Artillería. 

I quien manda, manda! 

Pero todavía debíamos ver sangre antes de 
romper el fuego de aquel retardado encuen- 
tro. 






DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 



Por ahí frente a la casa de la señora Sán- 
chez, Urriola, que no solo no habia dormido 
en toda la noche, sino que estaba en ayunas, 
pidió un poco de coñac; pero no habiendo con 
qué abrir la botella, se le dio en el cuello un 
golpe de espada. 

I Urriola bebió, cortándose el labio supe- 
rior. 




XIV 

Tanto para que mi complaciente viejo des- 
cansara un poco, como por verdadera curiosi- 
dad, hube de preguntarle: 

— ¿I cuál era— Don Panchito — la santa cau- 
sa porque se iba a derramar sangre de herma- 
nos? 

— No. toquemos mejor esta cuestión — me 
respondió. — En la cara te leo que vas a echar 
a los papeles lo que te estoi contando, i todo 
eso seria demasiado largo, mas político que 
pintoresco, i como tú sabes, yo detesto lo que 
aquí llaman política: cuestión de personas, 
apretura de ambiciones; pero no lucha levan- 
tada de principios. En un pais tan prematu- 
ramente viciado en sus prácticas, como el 
nuestro, la política es una mujer de mala vida 
i de peores amistades. ¡Dejemos eso! 

— ¿No será miedo, Don Panchito? 

— Miedo a quién — hijo mió? — Me obligas 
•a decir que aun en mis mas estremadas pobre- 
zas, siempre me he dado el lujo de gastar 
ideas propias i sostenerlas con la misma fran- 
queza con que te digo que te quiero mucho. 

— Entonces, Don Panchito, un bosquejo si- 



LA REVOLUCIÓN 



quiera de los antecedentes, para que esto no 
quede trunco. Saber tan solo por qué se iban 
a batir los suyos contra Búlnes. 

— No hijo, otro dia, con mas despacio, ha- 
blaremos de eso descansadamente: que te baste 
saber por hoi que el partido liberal se batía a 
muerte contra la candidatura de don Manuel 
Montt a la Presidencia de la República; que 
esta candidatura, en su oríjen i medios, no fué 
oficial; porque la proclamaba i sostenía lo mas 
granado del partido conservador, sus millona- 
rios i aristócratas; que Búlnes, cuyo candidato 
habria sido el Jeneral don Santiago Aldunate, 
concluyó por aceptarlo como un medio de 
combatir las exajeraciones revolucionarias de 
una parte de aquel partido i cerrar las puertas 
del gobierno a una juventud brillante i jene- 
rosa; pero que, sosteniendo una gran causa- 
la libertad electoral — se ponia a jugar a los 
Jirondinos i a las barricadas. Búlnes los consi- 
deraba demasiado jóvenes, todavía verdes, para 
gobernar un país tan joven e inesperto como 
ellos mismos. 

Por otro lado, el partido liberal pagaba las 
culpas que, a su nombre, cometían los impru- 
dentes: Santiago Arcos predicaba la repartición 
de la propiedad, i Francisco Bilbao se hacia 
escomulgar a velas apagadas* predicando el 
dogma de la soberanía de la razón — lo cual en 
aquellos tiempos determinaba, aun en muchos 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 



liberales, una cerrazón de oídos i de puertas, 
que perjudicaba a la causa. 

Esplotando hábilmente esos peligrosos des- 
varios, el partido conservador, después de la 
asonada de San Felipe, llamó a la candidatura 
de don Manuel la candidatura del orden, i con 
ese nombre i sobre esta base, la aceptó el Pre- 
sidente. 

Para la oposición, la misma cosa i los mis- 
mos principios no tenian mas que este nombre: 
tiranía. 

Por esto se iban a batirse. 

Te daré también otro dato: Urriola, no 
meriendo aparecer como revolucionario, mala 
fama que lo habia perseguido en su joventud, 
exijió que el levantamiento se iniciara en alguna 
provincia, para apoyarlo él en Santiago; pero 
don Domingo Santa Maria decidió a la Junta 
revolucionaria a que se efectuara aquí, pen- 
sando talvez que las revoluciones que no esta- 
llan en la capital, bajo los pies del gobierno 
que se quiere echar abajo, se convierten ine- 
vitablemente en guerras civiles a despecho de 
sus mismos autores. 

I tras de muchas idas i venidas, se fijó, por 
fin, como fecha fatal, el 20 de Abril, en un 
conciliábulo al cual asistieron Urriola, Carrera, 
Ugarte, Recabárren, Bilbao, Santa Maria, Vi- 
cuña Mackenna, Joaquin Lazo, Félix Macken- 
na, Luis Ovalle i Vicente Larrain i Aguirre. 



90 LA REVOLUCIÓN 



Para ello se tuvo en cuenta, principalmente, 
que el Lunes 2 1 se iba a promulgar en San- 
tiago el estado de sitio. 

Con todo lo cual, el dulce i tranquilo Abril 
contó para la capital, cuatro calamidades en 
sus treinta dias: 

El terremoto del 2, que estremeció a San- 
tiago i destruyó a Casablanca. 

La tempestad del 5, que duró desde las 6 de 
la mañana hasta las doce de la noehe. 

La revolución del 20. 

I el estado de sitio acordado para el Lunes 
21, pero que se puso en vijencia desde la ma- 
ñana del Domingo. 






XV 

Cuando desembocamos en la Cañada, con 
la fiebre de una noche en vela, nos pareció 
que el aire primaveral de la mañana, era una 
caricia i una promesa. 

Instintivamente nos sacudimos, restregando 
las espaldas contra la ropa, ensanchando el 
pecho, como patos que entran al agua. 

¡Qué dulce frescura! 

Con toda la severidad de la historia, les ase- 
guro que hasta pájaros vivos cantaban en los 
álamos amarillos, a la par de los que llevába- 
mos en nuestras cabezas. 

Llena de sol, con la dulce melancolía de las 
mujeres pálidas, — era una mañana para tomar 
leche al pié de la vaca, para amar a la sombra 
de aquellos sauces tradicionales i vivir esos 
mil tranquilos encantos de la vida, que solo 
advertimos i nos asaltan en tropel, cuando es- 
tamos en peligro de perderlos, como si fueran 
una visión anticipada de la muerte i no la rea- 
lidad gratis i cuotidiana de la existencia. 

Pero no íbamos para gozar de ese paisaje 
de otoño, sino a matar o a que nos mataran 
en él. 



92 LA REVOLUCIÓN 



¿Por qué? 

Porque no fuera Presidente Don Manuel 
Montt, conservador, i lo fuera nuestro candi- 
dato, el Jeneral don José Maria de la Cruz, — 
mas pelucon que su rival: aquél el primer 
hombre de su época, sin cuestión alguna; i és- 
te un soldado ilustre, en estricta justicia. 

Conviene que apuntes estas particularidades 
como signos que son de ese tiempo: 

La oposición, esto es, la juventud Santia- 
guina, ilustrada, radical, democrática i revo- 
lucionaria, que pedia la reforma, predicaba la 
igualdad social i la instrucción del pueblo 
peleaba sosteniendo la candidatura provincia- 
na, aristocrática i conservadora de un caudillo 
militar que, para los años de aquella juventud, 
era un anciano. 

I los conservadores, los aristócratas, los mi- 
llonarios i los viejos que no tenian mas que 
la escasa ilustración de sus dias, i un soldado 
presidente, como Búlnes, con una fe cuasi 
relijiosa, que habia de sobrevivir al que la ins- 
piraba, — proclamaban la candidatura civil de 
un joven, pobre., austero, hijo de sus obras, de 
ideas mas avanzadas que su partido, i que 
habia hecho su carrera política en la esfera mo- 
desta, pero no ingrata de la enseñanza pública. 

I en cierto modo, entre ambas candidaturas 
aparecia Santiago contra Concepción; porque 
esta última, represensando todavía un cierto 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I 93 



caudillaje rejional, nos había ya dado cuatro 
presidentes militares. 

Si esto lo sospecho entonces, me largo a co- 
rrer para mi casa; pero ¡ai! que solo lo vine a 
ver veinte años después! 

I seguí adelante, arrastrado por el ventarrón 
revolucionario, cantando el refrán de una Mar- 
sellesa de los chiquillos de la calle, que nos 
trasportaba de entusiasmo: 

Viva Chile i el Perú: 
Muera Montt i viva Cruz! 

¡Eramos niños de pecho! 

Sin embargo, i que esto me salve, — mire con 
lgun horror el escopeton que habia sacado 
leí Cuartel de Bombas; volví a ver en esa 
misma Cañada a los artilleros que con tanto 
orgullo habíamos visto desfilar, a orilla de los 
sauces, cuando iban para el Perú: rotos sumi- 
sos que entonces, como ahora, cumplían el 
mismo deber. Se me representaron, sobre todo, 
las caras venerables de esos viejos sarjentos, 
encanecidos en el servicio, que veíamos pasar, 
sentados sobre las cureñas, tan pagados con 
las cintas i medallas que les daba el Fisco, a 
falta de plata. 

I yo iba a disparar sobre esos veteranos, que, 
antes que yo naciera, ya combatían por la In- 
dependencia,— casados con otra viejecita, llenos 



94 LA REVOLUCIÓN 

de chiquillos, con hijas como Erna, con nietos 
como mi Beatriz!... 

Callado la boca, le pasé el escopeton a un 
roto que talvez tenia los ojos puestos en que 
yo cayera luego; porque hacia rato me venia 
siguiendo, i en cuanto lo recibió se hizo a la 
vela: pues allí andaban muchos de estos devo- 
tos que alumbran en las procesiones para lle- 
varse los cabos. . . 

— ¿I tu fusil? — me preguntó Beltran. 

— Hijo, le respondí — desde hoi hasta el dia 
de mi muerte, te juro, que no privaré ni al 
chincol mas infeliz de estas ramas, de este don 
de la vida, que no le he dado a nadie todavía. 

No tengo vocación de cazador. 



XVÍ 

A un toque de corneta, la banda de música 
pasó a retaguardia, junto con una poblada de 
curiosos, i el Valdivia se estendió entonces en 
batalla, ocupando desde la calle de San Anto- 
nio hasta la iglesia de las Monjas Claras. 

En el cuartel amagado parecia que no habia 

un alma, ni siquiera el centinela del puente. 

Al saber lo que ocurría, el Sarjento Gainza 

'del Chacabuco, que mandaba la guardia del 

Hospital de San Juan de Dios, armó su tropa 

i se presentó a Urriola. 

Debo prevenirles que la Cañada, en ese" 
tiempo, i desde San Francisco hasta la casa 
que llamaban de la calentura, que es la que 
está tal como entonces, en la esquina de la ca- 
lle del Carmen, no era ni sombra de lo que es 
hoi. Aquello dibujaba a lo vivo un retablo lu- 
gareño que se habia quedado de la Colonia, 
intacto. 

Frente a la casa de don Gabriel Palma la 
acequia se dividía en dos ramas que corrían 
por sobre las raices rosadas de los álamos. 

De ahí para arriba, i partiendo la avenida 
en dos, corría el agua del ancho i desparrama- 



g6 LA REVOLUCIÓN 

do cequión que con el nombre de la acequia 
de nuestra Señora del Socorro, habia sido t.rai- 
do para mover el molino que por ahí tuvieron 
en un tiempo los padres Agustinos. 

A uno i otro lado se levantaban sauces vie- 
jísimos, a cuya sombra se instalaban barberos 
populares que, así afeitaban aun prójimo como 
le arreglaban la cola a un perro. 

En la acequia refrescaban caballos, vívian 
chanchos i se bañaban alguncs, cubriéndose 
con los troncos o revolviendo el agua cuando 
divisaban señoras, lo cual, en esas edades, era 
tenido por pudor. 

La calle nueva de la Merced o Miraflores, 
sucia i triste callejuela, separaba el Monasterio 
de las Claras de la casa colonial de Las Reco- 
jidas, edificada para encierro de las que no se 
recojian nunca, en años en que llegaron abun- 
dar de tal modo, que, escandalizada la jente, 
se resolvió retirar a unas de la circulación, im- 
poniéndoles a las otras la marca de andar con 
manteletas amarillas, con lo que se avanzó 
mui poco; porque fué como descubrir, antes 
que Chevreuil, que el amarillo era el color de 
las morenas. 

I como estas manteletas tenian picos que 
sus dueños bcrdaban con primor, i algunos 
seguian detrás de ellas, de ahí vino lo de an- 
dar a picos pardos. 

Al frente de esas Recojidas se salia mucho 



DEL 20 DE ABRIL DE 1851 97 

hacia la calle, estrechando allí la Cañada, por 
manera que el puente de cal i ladrillo que, so- 
bre dos metros de altura se levantaba sobre la 
.acequia del Socorro, con sus ramplas comuni- 
caba casi directamente, la calleja de aquel 
nombre con la de San Isidro. 

Quedaba, por lo tanto el puente, en la es- 
quina del cuartel, a pocos metros de la puerta 
principal. 

. La Artillería ocupaba, pues, el viejo caserón 
de aquellas Margaritas de la noche, separado 
del Huelen por un sendero de cabras, — la ca- 
lle del Bretón, — todo eso tan apegado al cerro, 
o mas bien dicho, tan avanzado éste hacia 
aquello, que en un temporal, un peñasco, ro- 
dando de las alturas, mató a una cocinera en 
el último patio de una de las casas de la calle 
Nueva, Recojidas, del Cuartel, Miraflores, que 
tantos nombres ha tenido, a mas de el de Los 
Perros, que se daba por lo común a todas las 
calles atravesadas. ¡Qué no se veria en ellas! 

Por el fondo del Cuartel, las pesebreras de 
las midas, cerraban la calle del Chirimoyo, i 
sin mas división que bajos muros medianeros 
i derruidos, seguian las mismas casas que allí 
están todavía con el polvo de aquel dia o de 
otros anteriores. 

Todo lo demás, tenia la misma distribución 
actual, salvo la iglesia de San Juan de Dios, 
cuyos planos dibujó nada menos que el autor 

7 



98 LA REVOLUCIÓN 

de la Moneda i de la casa de Alcalde en la 
calle de la Merced, — que estaba inconclusa, la 
ocupaba la bodega de Cueto, i hoi "luce por to- 
rre un cucurucho que ni de pastelería. 
Tal era el campo de batalla. 



XVII 

Uds. creerán que en llegando, se rompió el 
fuego; pero no fué así. 

Había que proceder a la francesa, constru- 
yendo barricadas, i de esto se hizo cargo el 
autor de la idea, Bilbao, que las traía frescas 
'de París; pero ignorando que el roto chileno 
no es soldado de trincheras, sino de asalto i 
campo raso. 

Saqueando la bodega del señor Cueto, con 
tablas i sacos de nueces, se hizo con tanta lije— 
reza de material como de tiempo, una barda 
contra la artillería.... 

Estas nueces, el pan de un petaquero, que 
pagó don Nicolás Figueroa, unas sandías que 
compró don Antonio Larrain, i pisco que re- 
partían algunos, fueron el único i primer al- 
muerzo de aquella tropa que estaba con las 
armas en la mano desde la una de la mañana; 
de modo, pues, que lo mas sólido del parapeto, 
pasó al estómago de sus defensores. 

Nadie hubiera creído que de ahí, de esas 
bocas llenas, saliera luego un combate. 

En esto se divisó. un jinete que en traje de 
campo pasaba al galope por frente de la Arti- 



LA REVOLUCIÓN 



Hería, i llegaba a nuestras filas. No hubo mas 
que una esclamacion de gozo: 

— Miguel! — decían los cabecillas. 

Era Miguel Lazo que desde sus minas del 
Cajón de Maipo, venia a juntarse con su her-; 
mano i con los suyos. 

Pero como para tapar i responder a este 
reto, pronto apareció por el lado del sendero 
del cerro, un nuevo jinete, a medias cubier- 
to por su emboso i la ancha ala del som- 
brero. 

Con toda calma se detuvo a unos cincuenta 
pasos de nuestras filas mas avanzadas. Creyén- 
dolo un partidario o un curioso, reprochába- 
mos su imprudencia, cuando de repente se vino 
encima de la compañía de Carabineros. 

Se oyeron a un tiempo, la voz de: 

— Tercien, armas! — que gritó el del som- 
brero con acento de veterano, — i a continua- 
ción un balazo, i acto seguido, entre el humo, 
vimos que el jinete, a lo largo sobre el cuello 
del caballo, arrancó a escape hacia el Cuartel. 

Nos quedamos pasmados! 

Eran, mi amigo, los jefes del Valdivia que 
volvían por su cuerpo, como queriendo robar- 
le los huevos al águila. 

Era Basilio Urrutia, segundo del Valdivia. 

Búlnes, sin decir palabra, cuando se presen- 
tó Únzueta con sus oficiales a darle cuenta de 
la salida de su batallón, oyó el relato, i por 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I IOI 

toda respuesta les ordenó encerrarse en la Ar- 
tillería, a las órdenes de Maturana. 

Desde allí reconoció Urrutia a los soldados 
de su compañía, pidió una manta i un caballo, 
i salió a la calle, con la empresa de borrar lo 
pasado. 

Se detuvo donde les digo; pero así como él 
reconoció a los suyos, parece que uno de éstos 
Je descubrió a él tras del disfraz. — Sus grandes 
bigotes lo vendían. 

I El soldado lo miró fijamente, i llevando la 
mano al cañón de su fusil, a la altura del cora- 
zón, puso el arma en descanso; tocó con el 
codo al compañero del lado, el cual hizo lo 
mismo. 

Entonces Urrutia, arrojando embosos, re- 
mató su caballo al frente de su compañía. 
Esta vaciló como un solo hombre en presencia 
de aquel héroe, soldado del Valdivia desde el 
año 37, que uno contra quinientos, repetia 
ahora en la Cañada, la hazaña que hiciera en 
la batalla de Guias, cuando con un puñado de 
los miamos que allí estaban, se lanzó a Ja 
barranca del Rimac a cortar un batallón en- 
tero. 

I El sarjento Juan de Dios Fuentes, que don- 
de pcnia el ojo ponia las balas, viendo la ave- 
ría pintada, se echó el fusil a la cara: ídllólt el 
tiro; un paisano, mas afortunado^ logró dispa- 
rar el suyo; pero la bala fué a herir a un cu- 



LA REVOLUCIÓN 



rioso que de a caballo, miraba desde una boca- 
calle. 

Murió éste en el acto; porque aquellas balas, 
que ademas de enormes, estaban todas oxida- 
das, hacian pocos heridos. 

Se contó en Santiago, i fué verdad, que el 
caballo se apareció a la casa, de su dueño con 
aquel cadáver, ya ríjido, que en una crispacion 
de nervios habia quedado con las uñas clava- 
das en el cuello del animal. 

También aseguran; pero yo no lo vi, — que 
sobre la lápida de este infortunado joven, pu- 
sieron en el Cementerio este epitafio, que, por 
lo demás, estaba mui en la retórica de la época: 

Murió el 20 de Abril 

de un balazo en el cuadril! 



XVIII 

Aun cuando el heroico intento de Basilio 
Urrutia, — Urrutia era de Parral i contaba en 
esa mañana 34 años de edad, — no tuvo éxito, 
sirvió, a lo menos, para prevenir al Valdivia 
que dentro del Cuartel que iba a atacar, esta- 
ban sus capitanes mas antiguos, valientes i 
queridos, como Barbosa i aquél. — Esto debió 
determinar muchos tiros al aire. 

Urriola, entre tanto, habia establecido su 
cuartel jeneral en la casa que forma la otra es- 
quina de la calle de las Claras, perteneciente a 
don Isidoro Herrera, hijo de doña Pabla Jara. 

Cada vez mas angustiado, el Coronel pre- 
guntó por Ugarte. — Aquel aparato de comba- 
te, que debia traer a su memoria la imájen de 
otras batallas, en las que habia sido un bravo, 
lejos de animarlo, concluyó de aturdido. Pa- 
recía aplastado bajo el peso de la situación 
creada, 

Ugarte, a su vez, llegó preguntando por él. 

Venia de la Cárcel. — Notando los presos 
que la guardia abandonaba su puesto, desem- 
pedraron el patio i se lanzaron a las puertas. 



I04 LA REVOLUCIÓN 



Advertido Ligarte, pidió refuerzos al cuar- 
tel de serenos, i él en persona reprimió el 
motín. 

La entrevista de ambos caudillos, en la bo- 
tica de Vasquez, fué un rudo rompimiento, del 
cual se impuso la misma tropa. El sarjento 
Niño del Valdivia, en la declaración que pres- 
tó después, pintó a Ugarte i esta escena con 
estas palabras: «Un caballero alto, delgado, 
flaco, frentón, vestido de negro, habló al Co- 
ronel Urriola en términos fuertes, como re- 
conviniéndole por su poca enerjía, para que 
desde luego ordenase acometer a la tropa, 
echando abajo las paredes del cuartel de Arti- 
llería.» 

Se convino, al cabo, en enviar a Maturana 
un parlamentario que «a nombre del pueblo», 
le exijiera la entrega de su puesto. — Matura- 
na, midiendo de alto a abajo al cívico oficial 
que le hablaba de rendirse, respondió conte- 
niendo el justo agravio de tamaña injuria, que 
el cuartel pertenecía al Gobierno i no lo en- 
tregaría sino al Presidente de la República. 

Ugarte, exasperado de cólera, gritaba- que 
tantas tardanzas, traicionaban la revolución. 

Urriola hablaba con don Carlos Swimburn 
que desde hacia ocho años, ya vivia en las ve- 
cindades de su calle del Carmen, cuando un 
oficial le anunció que Búlnes venia por la de 
Morandé. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I I05 

— Comenzará el baile! — dijoUrriola a Don 
Carlos, apartándose para dar sus órdenes. 

Pero lo que iba a comenzar era el principio 
del fin. 

— Adelante! — gritó el jefe a la tropa 

— Adelante, mi jeneral! — respondieron al- 
gunos Valdivias entusiasmados, avanzando por 
entre los troncos, los kepis en la punta de las 
bayonetas. 

Se esperaba la voz de ¡fuego! pero el Val- 
divia, guiado por su caudillo, torció tranquila- 
mente a la izguierda, metiéndose al callejón 
de las Recojidas. 

Por ese lado, el Cuartel no tenia sino una 
puerta i ventanillas enrejadas de prisión, allá 
junto al alero. 

Al ver esta maniobra, Benjamín Videla sa- 
lió de las filas del Valdivia, i encarándose con 
su jefe, le preguntó con arrogancia que cuál 
era su plan. 

— Rendir el cuartel sin disparar un tiro, 
contestóle Urriola reposadamente. 

Entonces Videla le indicó la conveniencia 
de dominar al menos los patios del cuartel, 
ocupando los tejados de las casas vecinas, i ha- 
biéndosele confiado esta comisión, luego se le 
vio trepar a la cabeza de la Compañia de Ca- 
rabineros. 

Otro propuso incendiar el edificio, i acep- 
tada también la idea, unos que no quiero nom- 



Io6 LA REVOLUCIÓN 



brar se fueron por aguarrás a la botica de don 
Anjel Vasquez, en la misma Cañada; pronto 
volvieron, se empaparon unas camisas i se arri- 
mó una escala al muro. 

La operación era de lo mas sencillo: bastaba 
echar un trapo ardiendo sobre la estopa de 
aquellos aleros en que se anidaban todos los 
murciélagos de la noche. 

A todo esto, los de adentro parecian muer- 
tos. 

Puesta la escala, subió un miño; sonó un 
tiro tras de una rejilla i el niño rodó al suelo, 
cubierto de sangre. 

Entonces sin vacilar, trepó un viejo, ambos 
del pueblo; resonó otro disparo, i el viejo cayó 
dándose vueltas. 

Con lo cual salvó la Artillería, el Valdivia, 
los que allí estábamos i una parte de la ciudad; 
porque en el polvorín, próximo al muro de la 
intentona, había cincuenta quintales de pól- 
vora!... 

— Un cañonazo enviado al cielo! me decia 
Francisco de Paula Matta, admirado de que se 
hubiera permitido semejante locura. 

No se confirmó el avance de Búlnes; pero 
sí aparecieron, entre los peñascos del cerro, los 
pantalones colorados del Chacabuco, que iba 
en socorro de los artilleros. La distancia era 
tan poca que desde abajo se conocía perfecta- 
mente la figura del comandante Videla Guz- 



DEL ZO DE ABRIL DE 1851 \0"J 

man, puesto así cara a cara, espada en mano 
contra Urriola, a quien llamaba su padre, mas 
no su jefe. 

Siguió una escena de gritos i de vivas, con- 
vidando al Chacabuco con señales de pañue- 
los, como hacen los niños cuanda pasa el tren. 
Urriola llamó también con su espada. 

Videla, impasible, desplegó su tropa en los 
dos castillos, — el Nuevo (el restaurant) que 
dominaba la entrada del Alto del Puerto, i el 
Fieio (el teatro actual), que quedaba encima 
del Cuartel, ambos destruidos ahora por cons- 
trucciones miserables que no reemplazan a esas 
láminas tan vivas i características de nuestra 
Edad Media. 

Durante siglos, en esas terrazas señoriales, 
jugaron todos los niños de Santiago... ¡Si al 
menos devolviéramos al Cerro su melancólico 
nombre araucano: 

Huelen! Dolor! 

Pero, sigamos, amigo... 

Como todavía no estábamos curados de ilu- 
siones, se envió al Castillo viejo al Teniente 
Merino del Chacabuco para que se conquista- 
ra a su jefe i a sus compañeros. 

— A su puesto! — le gritó Videla con voz 
que se oyó en el plan. 

I Merino, a lo choco, se incorporó a sus 
filas. Los soldados del Chacabuco comenzaron 
a buscar colocaciones como elijiendo blanco» 



Io8 LA REVOLUCIÓN 



sobre la tropa que ocupaba los tejados cer- 
canos. 

El combate era inminente. Ya nos parecía 
sentir el tiroteo, cuando Urriola, presintiendo 
lo mismo, ordenó a Videla desocupar los te- 
chos. 

Videla bajó en silencio, pero llegando hasta 
aquél, arrojó su kepis, partió su espada, i ce- 
gado por la rabia, ya sin respeto alguno, le 
gritó en la cara: 

— Usted nos pierde porque quiere! 

Todos nos miramos. Urriola era bravo i 
violento como el que mas; pero no hubo nada. 

Se tocó marcha, sonó la música, i el Valdi- 
via, cuartas en líneas, siguió hasta el rio; en la 
calle de la Universidad — Agustinas, — conver- 
jió a la izquierda, para abajo... 

¿Iba ahora sobre la Moneda en busca de un 
duelo qne salvara el honor comprometido, la- 
vando lo pasado? 

Pero torció de nuevo a la izquierda, por la 
calle de las Claras, i dando una vuelta en re- 
dondo, volvió a ocupar las mismas posiciones 
que tenia a las siete de la mañana, frente a la 
casn del doctor Palma. 

Solo qne ahora eran las nueve en el reloj de 
San Francisco... 

Al ver esto, Ugarte que habia permanecido 
sentado en la botica de Vasquez, bebiendo ta- 
zas de goma para calmar sus crueles dolores, 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I I09 

se acercó febrilmente al Coronel Arteaga, que 
venia llegando. 

Se dijo entcnces que el Coronel iba prepa- 
rado para entrar al combate; pero minutos an- 
tes, don José Besa que estaba en la puerta de 
su almacén, en la calle de San Antonio, le ha- 
bia visto pasar tranquilamente, envuelto en un 
carpin militar, con la indiferiencia de un simple 
curioso. 

— Urriola nos ha perdido, le dijo Ugarte, i 
usted es el único que puede salvarnos. 

Ugarte debia tener el don de persuadir; 
porque Arteaga, a quien sobraban motivos pa- 
ra estar resentido con Urriola por la injuriosa 
reserva que éste observara con él, no dicién- 
dole una palabra de lo que pensaba, habiendo 
estado juntos hasta tarde de la noche anterior 
en su propia casa — i que era ademas un mili- 
tar de orden, tan ilustrado como pundonoroso, 
terminó por decir a Ugarte. — Vamos! 

Momentos después, una bala traspasaba el 
cuerpo del infortunado Urriola; pero, muerto, 
no quedó tan lívido como cuando Ugarte le 
indicó a tropezones que era conveniente des- 
cansara de sus fatigas... i que el coronel Ar- 
teaga. . . se haria cargo del ataque a la Artille- 
ría. 

Las palabras se le anudaron en la garganta 
al caudillo; tenia la boca seca; al fin pudo ar- 
ticular: 



IIO LA REVOLUCIÓN 



— Está bien! — i ordenó a Pantoja diera a 
reconocer al nuevo jefe. 

Arteaga, con su prudencia, dejó allí su ca- 
pa, se avanzó a la división i en una arenga de 
verdadero tribuno, que se oia a lo lejos, animó 
a los soldados a marchar de frente sobre el pu- 
ñado que defendía la Artillería. 

Reanimados con estas palabras, contestaron 
con grandes vivas, i como Arteaga se puso a 
la cabeza, todos lo siguieron; porque, mi ami- 
go, aquí los rotos para pelear no exijen mas 
garantías que el que manda vaya adelante. 

Recuerdo mui bien la figura del Coronel 
Arteaga en ese momento: vestía frac azul con 
botones amarillos i pantalón oscuro. De la 
gorra no sé: unos dicen que llevaba kepis ga- 
loneado; i otros afirman que ahí mismo le pa- 
saron el de un policial; pero me parece difícil 
que andando por las calles en una hora de re- 
vuelta, no llevara un distintivo que lo diera a 
conocer de los soldados. 



XÍX 

A ese tiempo, sentimos ruidos de cajas que 
sonaban en la calle del Chirimoyo. Separado 
ya de Beltran, corrí con un grupo de curiosos 
a ver lo que sucedia: nos pareció que todo un 
ejército se dirijia al Cuartel de Artillería. 

En el acto conocimos a los cívicos, i como 
éstos eran todos de La Igualdad, nos pareció 
al principio que talvez iban en apoyo de 
Urriola; mas Juego salimos del error, viendo a 
los que mandaban esa gruesa columna, que no 
bajaria de unos novecientos hombres. 

La jente que atestaba la boca-calle, iba 
nombrando a los que pasaban, con los comen- 
tarios obligados de tales desfiles: 

— Ignacio Ortúzar con el uno cívico. 

— Monttista acérrimo! — agregó otra voz. 

— Alejandro Vial de teniente! — dijo otro. 

Siguieron los números 2, 3, 4 i 5 de guar- 
dias nacionales, i los mirones seguían nom- 
brando respectivamente a los jefes i oficiales: 

— Víctor Borgoño. 

— Santiago Amengual. 

— El Coronel García. 

— Erasmo Escala. 



112 LA REVOLUCIÓN 



— Marcos Maturana. 

— Máximo Arguelles. 

— Toledo. 

— Cesáreo Peña i Lillo. 

Aquello no acababa nunca. 

La tropa dobló a la derecha por la calle de 
las Recojidas, i un conocido que venia de la 
Moneda me contó lo que habia pasado allí. 

— Búlnes se habrá quedado solo? — le pre- 
gunté. 

— La Moneda es un castillo — me respondió. 
No se ven mas que soldados en las ventanas, 
techos i casas vecinas. Granaderos sigue en la 
plazuela con la reserva de línea. 

Porque la del diablo es que Búlnes hizo to- 
car jenerala en los cuarteles cívicos i los cívi- 
cos fueron cayendo como moscas, por la cos- 
tumbre i porque los mandan, i ahí tiene Ud. 
que la Sociedad de la Igualdad, que ha armado 
este bochinche, va ahora a batirse por el Go- 
bierno contra sus jefes i su causa; pues éstos 
que han pasado, salvo unos cien voluntarios 
de la Bomba, que cierran la columna, son ma- 
temáticamente la quinta parte de los cinco mil 
de la cofradía del hermano Bilbao. Hágame 
Ud. patria! Con decirle que don Pedro Fon- 
tecillas, ese coronel viejito que pasó atrás, tra- 
jo de Yungai casi íntegro el número 5!... 

I siguió contándome que el Consejo de Es- 
tado estaba reunido; que Búlnes, en la silla 



DEL 20 DE ABRIL DE I 83 I I I 3 

del caballo, habia firmado el decreto en que se 
declaraba a Santiago en estado de sitio; que 
Sarmiento habia redactado una proclama con 
muchos ¡ayes! que Granaderos habia dado una 
correteada hasta la calle del Estado, donde so- 
naron unos escopetazos; que todo estaba mui 
tranquilo cuando uno llegó con la noticia de 
que la Artillería ardia por las cuatro puntas; 
que en ese momento se presentó el coronel 
retirado don Manuel García, i que Búlnes, en- 
furecido con la noticia del incendio, dióle en 
el acto la orden de marchar con todos los na- 
cionales en socorro de Maturana, el cual esta- 
ba mui tranquilo i no necesitaba para nada a 
esa manga de milicianos que se le "habia de 
enredar bien pronto entre las piernas, golpeada 
por delante i retaguardia, por amigos i enemi- 
gos en la trampa de la calle de las Recojidas, 
donde se metió como en un cajón de muerto. 

I se metió en tanta confusión i apretura, que 
una bala no tenia materialmente por donde 
pasar, sin herir a dos o tres. 

— Bueno el piño! — esclamó un roto. 

I una vieja que estaba fumando, con trazas 
de opositora, agregó con cierta lástima: 

— Huevos para tortilla! 

I como canto del chuncho, fué el pronós- 
tico de aquella bruja!... 



XX 

Para no dejar nada atrás, les contaré que las 
fuerzas encargadas de defender la Moneda, 
cuando salió la columna de García, quedaron 
al mando de Andrés Gazmuri, sarjento mayor 
del ejército. 

Gazmuri se habia hecho acreedor a esta dis- 
tinción por haber sido él quien organizó la 
partida de serenos que desfiló por la Plaza 
cuando todavía estábamos en dimes i diretes. 

Pedro León Gallo era teniente de este cuer- 
po, así como su hermano Anjel Custodio era 
el bizarro comandante del 4. de guardias na- 
cionales. 

Este último no tomó parte en estos sucesos 
por hallarse en Valparaíso; pero Pedro León, 
antes de recibir el encargo de vijilar las habi- 
taciones de Ja Presidencia, habia servido de 
ayudante voluntario a José Maria Silva Cha- 
vez, con el cual debia encontrarse, años mas 
tarde, de jeneral a jeneral, en el campo de Los 
Loros: Silva como jefe de las tropas del Go- 
bierno, i Gallo como caudillo de los mineros 
que levantara contra el Presidente Montt. 

- — Pero, don Panchito, — pregunté yo, — a 



n6 



LA REVOLUCIÓN 



todo esto ¿cómo estaba Maturana i qué hacia 
dentro de su conejera? 

— Tienes razón, — me respondió. 

Maturana se encontraba a esa hora dentro 
de su cuartel, como el pez en el agua. 

Habiendo aceptado su puesto en aquel due- 
lo cuando solo tenia de treinta a cuarenta 
hombres, hallábase ahora al frente de un ejér- 
cito. 

— ¿Con la columna de cívicos? 

— ¡Qué cívicos! — El no pidió este refuerzo, 
ni supo que le llegaba; porque Búlnes descui- 
dó el advertírselo, i a estar prevenido, lo hu- 
biera rechazado, sin duda alguna; pues dentro 
de su cuartel ya no cabia mas jente. 

Al encerrarse en el recinto que defendía, 
adoptó todas las disposiciones estratéjicas que 
le indicaba su esperiencia; pero... en minia- 
tura, reducidas a la ínfima escala de sus cortos 
medios. 

Así fué que cuando Videla Guzman llegó 
al cerro, encontró ocupado el Castillo Viejo 
por una fuerza de ocho artilleros que Matura- 
na habia destacado desde temprano para no 
ser flanqueado. 

Allí quedaron todos esperando que Urríola 
descubriera su juego, i en cuanto vieron que 
el Valdivia desaparecia en la calle de las Re- 
cojidas para dar aquella vuelta en redondo, 
Videla i los suyos, saltando de peña en peña, 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I llj 

se descolgaron a brincos por los flancos del ce- 
rro, i entraron al Cuartel, a tiempo cabalmen- 
te que intentaban incendiarlo. 

Este refuerzo milagroso fue pronto destri- 
buido en los tres patios del edificio, que eran : 
el de la guardia, en la Alameda; el de la maes- 
tranza en el centro, i el de las muías, al fondo. 

De la pieza de la mayoría se hizo un re- 
ducto especial, antes que de polvorín; porque 
en aquella habia en onzas de 17 pesos dos 
reales, unos treinta mil pesos, que eran el ma- 
yor sobresalto de Maturana — mas que los 50 
quintales de pólvora. 

En esta virtud, el parlamentario Merino 
con un piquete del Chacabuco, recibió orden 
de morir en sus sagrados umbrales. — La caja 
del cuerpo, como ahora los libros de comercio 
en los casos de incendio, tenia que salir intac- 
ta para evitar los díceres. 

En todo, unos trescientos hombres, con los 
cuales Maturana se consideraba tan seguro 
como San Pedro en Roma. 



XXI 

Cojiendo un papeJ, don Panchito nos dijo: 

— (.(Oigamos lo que Vicuña me escribió so- 
bre uno de los episodios mas interesantes de 
este drama de algunas horas, — i pasó el papel 
a Beatriz, la cual con una vocecita que me 
parece estar oyendo, comenzó a leer. 

— Pero tengan presente, — interrumpió el 
romancero — que esto encaja en el instante 
preciso en que Ugarte depone del mando a 
Urriola i García desfila con su masa de mili- 
cianos por la calle del Chirimoyo. — ¿Están? 

- — Estamos, señor! 

— ((Habíase quedado el desgraciado Urrio- 
la- — cantó Beatriz — apoyado en su espada, en 
una actitud meditabunda, abatida, casi insen- 
sible, cuando los toques de marcha de la divi- 
sión García, al pasar a dos cuadras de distan- 
cia por la boca-calle de las Claras, vino a herri 
el tímpano de su oido esperto en señales de 
guerra. 

— «Qué es eso? — preguntó el caudillo a los 
que le rodeaban. 

— Son las tropas del Gobierno que vienen. . . 

— Que van, — corrijió don Panchito; puesto 



I20 LA REVOLUCIÓN 



que aquellas estaban ya mas arriba que Urriola. 

— ((Que van, — continuó Beatriz, — a refor- 
zar la Artillería, le contestaron varias voces. 

cdrguióse entonces la talla encorvada del 
caudillo, su rostro empalidecido se iluminó co- 
mo al contacto de una llamarada de sangre, 
sus labios comprimidos i manchados a trechos 
de sanguinosa saliva (Beatriz hizo un puche- 
ro) se dilataron como para absorber mas libre- 
mente el aire, i personas que le vieron de 
cerca i estudiaron «con tranquilidad su fisono- 
mía, como Manuel Recabárren i Videla, ase- 
guran que el carmin volvió a las blancas me- 
jillas del soldado, como si su sangre paralizada 
hubiese vuelto a tomar su antiguo curso. 

«Era que el soldado habia revivido otra vez 
en el caudillo que la responsabilidad i el des- 
tino traían agobiado hasta la abdicación. El 
Coronel Urriola resucitaba para morir.)) 

— Bien! — dijo el viejo. I valgan las últimas 
palabras por la puntuación que falte. 

Ahora agrego yo de mi cuenta: 

En tono de favor, Urriola invitó a Videla 
para ir con su compañía a atacar por retaguar- 
dia a los milicianos; Videla que no deseaba 
otra cosa, se puso a sus órdenes con tanto mas 
gusto cuanto que Je remordia la conciencia pol- 
la dureza con que habia tratado a su jefe, — él 
que era un niño, — i en el acto se envió un 
soldado a dar cuente al Coronel Arteaga de la 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 1 



maniobra, a fin de que él la completara con su 
tropa, tapando la salida a la Cañada. 

Te diré, Beatriz, que este Videla, a quien 
después de Loncomilla llamaron el Cojo, a 
causa de una de las heridas mas gloriosas que 
puede recibir un soldado, era mui buen mozo, 
como Recabárren, Bilbao, Juan Bello, Santia- 
go Herrera, Escala, Amengual i el mismo 
Urriola. 

— Me alegro por mi abuelita! — contestó la 
niña, tomándome bajo su amparo. 

— Sin esperar respuesta, Urriola i Videla se 
largaron al trote. Me tocó verlos pasar. Urrio- 
la, grande i gordo, jadeaba un poco, mas no 
se quedaba atrás; Videla, joven, delgado i de 
piernas largas, contenia sus trancos para no 
arrebatarle el primer puesto. Lo mismo hacian 
Recabárren i José Luis Claro, que iban a su 
lado. 

Lo particular del caso, i esto lo advertí du- 
rante toda la jornada, era que esa tropa que 
corría a una sorpresa, corría al trote de corne- 
tas, como si por un pacto tácito, ambos ban- 
dos hubieran convenido en no pegarse sin 
previo aviso. No habia tal pacto, ciertamente; 
pero el hecho es que Búlnes i Urriola, despre- 
ciaron la ventaja del que pega primero, i con 
igual grandeza de alma, uno i otro se excedie- 
ron en evitar la sangre, i por esto el Jeneral 
no salió de la defensiva sino cuando el falso 



LA REVOLUCIÓN 



aviso de que se había cometido el crimen de 
incendiar la Artillería, le sacó de tino; i el 
Coronel, por su parte, solo recobró la vida i su 
coraje reconocido cuando se vio atacado. 

Al pasar, me hizo la impresión de un héroe, 
i no se me olvidará nunca su cara; porque en 
ese momento representaba bien gallardamente, 
el valor militar en toda su voronil belleza. 



XXII 

Mi amigo calló un rato; se atusó el blanco 
bigote i después, tras hondo suspiro, esclamó: 

— Qué es la vida? — Qué distancia media en- 
tre la gloria i la infamia, entre lo ridículo i lo 
sublime? Si hai muchos hombres que se van 
de este mundo al otro sin haber demostrado 
los talentos que tenian, del propio modo ¡qué 
de cosas no se quedan ante ese tris de que de- 
penden tantas cosas de esta vida! Si la muía 
de San Martin, por ejemplo, rueda en un paso 
de la Cordillera, si Prat cae al agua, acaso su 
historia no ocuparia mas de un renglón en un 
parte de batalla. 

Digo que mas lejos estaba el Capitolio de la 
mentada roca Tarpeya, que Urriola de la Mo- 
neda i de la gloria, en el instante en que le vi 
pasar a saltos de tigre, — radiante, feliz, em- 
briagado, rejuvenecido con las emociones de 
la lucha. 

Doblaba hacia la calle de las Recojidas para 
caer con su banda de ajiles aleones sobre la 
nata de cívicos, cuando se le interpuso un po- 
licial. 

Mas con todo ¿qué importaba un paco? Po- 



124 LA REVOLUCIÓN 

dia él solo detener el empuje de aquellos bravos 
que iban a lavar con sangre sus armas empa- 
ñadas? 

Pero aquel humilde i oscuro guardián era 
la muerte escondida, el tris cruel i burlesco en 
que se empiolan tantas águilas al tender sus 
alas! 

Arrancando desatentado del tumulto i vien-. 
do otro por delante, a tontas i a locas, de se- 
guro mas aturdido que valiente, disparó aquél 
su carabina, sin apuntar a nadie, sin detener 
siquiera su caballo. 

Nadie acababa de darse cuenta de lo que 
ocurria, cuando se vio bambolear a Urriola, 1 
en seguida, desplomándose, azotar la cara con- ' 
tra el canto de la acera. 

Videla, Recabárren i Claro, se precipitaron 
a levantarlo. — Aun creyeron en una caída ca- 
sual. 

Pero se habia cumplido un destino! 

Saliendo del vientre la sangre a chorros, 
humeando sobre las piedras heladas, — Urriola 
con el mismo hipo del policial que sostuviera 
en sus brazos, en la botica de Barrios, en el 
primer acto de su trajedia, 

— No me abandonen! — dijo, i su bella ca- 
beza se dobló lánguidamente, cual una flor, 
i su puño de león soltó la espada que no habia 
querido esgrimir contra hermanos al comenzar 
la noche. 



XXIII 

Nunca se supo el nombre de aqueJ oscuro 
instrumento de las Parcas misteriosas. 

Miguel Guajardo, dijeron algunos. 

Al dia siguiente murió en el hospital sin 
volver en s:: estaba literalmente acribillad© a 
tajos de bayoneta i a balazos disparados a que- 
ma ropa, sobre el suelo, indefenso, uno contra 
ciento. 

Su caballo, mas feliz, espiró allí mismo, víc- 
tima también de la saña de la tropa. 

¡Que iniquidad es la guerra i qué fiera in- 
munda el nombre, cuando ella suelta i azuza 
sus pasiones! 

¡Cuánta sangre, cuántas lágrimas, cuántos 
duelos injustos! 

¡Qué de miserias, odios, rencores i cruelda- 
des por un acto de grandeza allá a las perdi- 
das! 

I luego el furor implacable de los que a la 
: segura se avalanzan sobre los caidos, — los 
. cuervos, los perros, los pasados, los escondidos! 

¡Todos los cobardes! 

I mi noble viejo se quedó pensativo. 



I2Ó 



LA REVOLUCIÓN 



Después nos dijo como espantando negras 
visiones: 

— Creo, niños, que el ponche se me ha ido 
a la cabeza; porque me pongo triste, i en mis 
tiempos, yo las lloraba... 









XXIV 

¿Qué hacer con Urriola moribundo? Se mi- 
ró a todos Jados i todas las puertas aparecian 
cerradas.— Temiendo llegaran de un instante 
a otro, tropas del gobierno, echaron a andar 
con su cuerpo en brazos por la calle de las 
Claras; pero como la agonía era cada vez mas 
visible, hubo que detenerse. 

A golpes de fusil, a la desesperada, un sol- 
dado abrió la puerta de una casita vieja i po- 
Ibre, a pocos pasos antes de llegar a la calle de 
Los Huérfanos. 

— No nos maten, señor! — gritaron unas in- 
felices mujeres que estaban dentro. 
. Pero impuestas del triste suceso, volvieron 
al punto, cerraron la puerta, sacaron sus al- 
fombras de iglesia para recostar al herido, i 
sobre ese lecho de caridad i de ocasión, en una 
'humilde salita, allí espiró, minutos después, el 
jyJorioso veterano, sin exhalar una queja. 
• Durante muchos años, la imajinacion popu- 
lar se entretuvo en tejer mil leyendas sobre la 
muerte de Urriola. — El suceso habia ocurrido 
a la luz del dia i en presencia de muchos tes- 
tigos. Sin embargo, continuaba siendo un 



128 LA REVOLUCIÓN 



punto oscuro i hasta sospechoso para la mu- 
chedumbre. 

Se dijo, desde luego, que había sido herido 
por la espalda, a traición, por uno de los cívi- 
cos, en la calle de las Recojidas, a donde 
Urriola no alcanzó a llegar. 

Otro rumor hizo correr que* de la Moneda 
se habia despachado para matarlo a un Sarjen- 
to de granaderos, que no erraba tiro. 

Los diarios del Gobierno, por su parte, pu- 
blicaron la especie de que Urriola al caer, ha- 
bia dicho: 

— ¡Me han engañado! 

Pero esto último no era mas que una apre- 
ciación de las cosas, entregada a la conciencia 
de los organizadores de la revuelta como testo 
de meditaciones i de enmienda. 

Aun se corrió por algún tiempo que el Co- 
ronel estaba vivo; que el cadáver que habían 
llevado a San Agustín era el de un soldado al 
cual habían vestido con su uniforme. 

I con esa prolijidad que aquí tienen para 
mentir, daban hasta el nombre de la mujer 
que, a hurtadillas, lavaba la ropa ensangren- 
tada. 

Pero esto no fué todo. 

Un astrónomo yank.ee, mister Gilliss, Te- 
niente de marina, en una obra que escribió mas 
tarde acerca de su permanencia en Chile, ha- 
blando de estos mismos sucesos, que él presen- 



DEL 20 DE ABRII, DE I 8 5 I I 29 

ciara desde las cumbres del Huelen, donde 
tenia su observatorio, — aseguró que Urriola 
había recibido de los opositores la cantidad de 
quince mil pesos por hacer la revolución. 

Todo el dinero que tocó Urriola con sus 
manos fué la suma de ochocientos pesos, que 
suministró Félix Mackenna, para ser entrega- 
da en la misma tarde del 19 de Abril, al ca- 
pitán González, del Chacabuco, que la pidió 
para tapar un saldo de caja. 

Tácitamente, ésta fué también la única con- 
dición que puso este último para entregar su 
batallón; pero habiendo perdido al monte, en 
su cuarto ele guardia, la mayor parte de los 
ochocientos pesos, — con mejor acuerdo deter- 
minó cubrirse con la recompensa que el Go- 
bierno acordaria seguramente a su fidelidad. 

En cuanto al yankee aquél, hizo bien en no 
aportarse mas por estas tierras; porque hasta 
los chiquillos de la calle le habrían escupido la 
cara por calumniador, tanto mas villano cuan- 
to que conocia la situación personal de Urrio- 
la i las circunstancias que habían mediado para 
ponerlo al frente de la revuelta. 

Recabárren, Claro i el corneta de órdenes, 
Daniel Sepúlveda, quedaron velando el cadá- 
ver en compañía de las piadosas señoras, hasta 
que llegó el momento de ponerse en salvo: la 
policía estaba a la puerta i fué menester saltar 
las paredes del fondo, hacia la calle del Bretón, 

9 



I30 LA REVOLUCIÓN 



cayendo a la casa de don Manuel Antonio 
Moreno, que los amparó jenerosamente. 

I de allí Recabárren salió para Polpaico, i 
de Polpaico al Perú, camino del destierro. 



XXV 

Videla volvió la cabeza i vio a su jefe caí- 
do, cubierto de sangre; pero en la guerra no 
se espera a los que caen i siguió adelante con 
sus soldados. 

Al torcer la esquina, se detuvo. 

— Fuego! — gritó, — i como si aquella horri- 
ble descarga sobre esa masa compacta, fuera 
ma señal, — otra no menos espantosa, resonó 
en respuesta, en la boca de la Cañada. 

Era Arteaga que llegaba puntualmente a la 
cita dada por Urriola momentos antes. 

La columna de cívicos, embutida en la ca- 
llejuela de las Recojidas, quedó así cruzada 
por las descargas de dos secciones del Valdi- 
via, que la fusilaban pausadamente, sin perder 
un tiro. 

Lo que siguió no tiene descripción posible. 

Años después, el incendio de la Compañía 
ne sujirió algunas comparaciones con el ins- 
tante en que las mujeres, enloquecidas por el 
terror, golpeaban las puertas, arañaban las pa- 
redes, i como un nudo de sierpes, rodaban en 
montones por el suelo, al clamor de una sola 
e inmensa agonía. 



132 LA REVOLUCIÓN 



Olas de hombres desesperados, unas tras 
otras, precipitábanse sobre la única puerta, pi- 
diendo entre súplicas i juramentos que abrie- 
ran. 

— Somos amigos! — gritaban mil voces en- 
ronquecidas. 

Pero la puerta, a cuyos barrotes habia con- 
fiado el Coronel Maturana su principal defen- 
sa, seguia impasible. 

Por otra parte, adentro ignoraban de qué 
se trataba. — Oian el tirotex) que los Valdivias 
continuaban implacablemente; pero no sabian 
si los golpes eran de amigos que pedian soco- 
rro, o de enemigos que intentaban echarla 
abajo. — Esto último era lo mas verosímil, des- 
de que Maturana ignoraba el triste arribo de 
aquellos cívicos — dos veces desdichados. 

Escala i Maturana atascados con sus piezas 
entre aquella muchedumbre, rujian de cólera 
en la desesperación de verse enredados como 
entre las algas de un charco. 

Dos o tres veces, clavaron sus caballos para 
saltar sobre esa valla que les sujetaba el paso, 
i llegar a la Cañada con sus cañones a limpiar 
el frente de su casa. Pero ademas de cruel 
aquello era imposible. 

¡Mil hombres encerrados a lo largo de una 
cuadra de pocos metros de ancho! 

¿Quién conducía esas ovejas a tal matadero? 

I mas les hubiera valido que la puerta que 



DEL 20 DE ABRIL DE I83I I33 

golpeaban no se abriera ni en ese instante ni 



nunca 



Las municiones del Valdivia iban ya esca- 
seando, puesto que no habian recibido mas 
que diez tiros por hombre; los cívicos respi- 
raban cuando rechinaron los goznes, se abrió 
un lado, i cual manga de huracán, de aquella 
caverna se precipitaron dos piezas de monta- 
ña, mandadas por el Capitán José Timoteo 
González. 

Abriendo un espacio a puños, cargadas de 
metralla hasta la boca, i apuntando la una a la 
derecha i la otra hacia la izquierda, 

— Ábranse! — gritó González a los amigos. 

I aquello fué la de Sansón con los filisteos; 
porque los cívicos no podían abrirse para 
ningún lado, i pareciéndoles a los cabos de 
cañón, que González al mover los labios, iba 
a decir únicamente: fuego! pues que para eso 
habian salido, — atracaron la mecha a la ceba, i 
una lluvia horrorosa de proyectiles, disparados 
a boca de jarro i a flor de las cartucheras vír- 
jenes de aquellos pacíficos artesanos, los abrió 
como quien dice de par en par. 

Hacia la Cañada quedó entonces un claro. 

— Ahora! — Adelante! — mandó Escala, pre- 
cipitándose el primero por el boquete humano, 
entre el humo, la sangre, los sesos, las tripas 
de los ametrallados i el tropel de los que, locos 
de espanto, se lanzaban también a la Cañada. 



I 34 LA REVOLUCIÓN 



En llegando a la esquina, colocaron los obu- 
ses sobre el puente de la acequia i apuntando 
Escala el uno, i Maturana el otro, apeados de 
sus caballos, rompieron el fuego sobre la divi- 
sión que conducia Arteaga. 

De tal modo fué súbita i violenta esa ma- 
niobra, que la jente que seguia estas peripecias 
desde los árboles, boca-calles i casas vecinas, 
por mucho tiempo perjuraba asegurando que 
habian visto salir los obuses por la puerta 
principal del Cuartel, la que se habia abierto i 
cerrado en un Jesús. 

Una pura ilusión! 

Pero mientras Escala i Maturana cruzaban 
así sus cuerpos sobre el umbral de su Cuartel, 
en la calle atravezada proseguia la confusión 
de los que lograban entrar, llevando la catás- 
trofe a los que estaban dentro. 

Se veia llegar a los heridos pidiendo soco- 
rro, rodando por el suele, i a los buenos, arro- 
jando sus uniformes i escondiéndose tras de 
los artilleros, que no sabian de dónde surjia ese 
alud, ni qué proporciones tenia el siniestro que 
así lo espantaba. 

Otros subian por encima de los caidos i 
salvando murallas, corrían hacia el cerro; echa- 
ban abajo las puertas de las casas o se desliza- 
ban por las acequias, en tanto que sobre el 
suelo yacían muertos o agonizantes, mui cerca 
de cien cívicos. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I I 35 



A los pobres se les reconocía a la legua por 
el pantalón blanco, de rigor, aun en el rigor 
del invierno. 

El coronel García, que fué uno de los pri- 
meros que entraron al Cuartel, por la puerta 
lateral, se dio un recio golpe en el hombro 
en el estrecho i oscuro zaguán, contra una vi- 
ga. — Al Comandante Santiago Salamanca le 
mataron el caballo. 

Casi todos los oficiales cívicos fueron estro- 
peados por su misma tropa, al arrancar. Heri- 
dos de bala quedaron el poeta José Antonio 
Torres, un sobrino de Pedro Ugarte, Ramón 
Hurtado, que murió en la misma noche, i el 
Comandante Ignacio Ortúzar, que recibió un 
balazo en un pié, escapando mui bien; porque 
al Sarjento Carrasco que estaba a su lado, un 
-casco de metralla le aventó la cabeza al ras del 
corbatín. 

I cuál mas, cuál menos, casi ninguno escapó 
ileso. 

Pero aun presenciamos otra desgracia mas. 
¿Se acuerdan Uds. de aquel anciano Mayor, 
Don Juan Navarro, que llegó a la Moneda de 
los primeros, ofreciendo sus servicios a condi- 
ción de un caballo que llevara al combate sus 
cansados huesos? 

Pues allí murió víctima de ese mismo ca- 

)allo. — Espantado el animal por la granizada 

de González i confundiéndose con el tropel de 



I36 LA REVOLUCIÓN 



las piezas que arrastraba Escala, echó a correr 
para la Cañada. 

Al principio, su presencia impuso; pues era 
hermoso ver a ese jefe solo i anciano, parecien- 
do desafiar las balas enemigas; pero creyéndolo 
un héroe provocador como Urrutia, dispararon 
sobre él, cuando únicamente era un jinete sin 
fuerzas para contener su briosa montura. 

I ahí lo mataron, traicionado por la inevi- 
table debilidad de los años, mas fuerte que la 
entereza del alma. 



XXVI 



Videla, sucediendo a Urriola en el mando 
de la columna envolvente, ha.bia realizado el 
plan de este último, mas allá de lo que pudie- 
ron imajinar los dos. 

Búlnes quedaba derrotado en ese punto. 
Una compañía del Valdivia, al mando de un 
niño, sin atribularse por la caida del prestijio- 
so jefe que la sacara de su cuartel, con la fian- 
za de su presencia, habia bastado para poner 
en bochornoso i sangriento desbande a una 
división de las tres armas, dirijida en persona 
por un veterano de Maipo i de Pudeto, cual 
era el Coronel García, el abnegado defensor 
de Portales en el motin de Quillota i el solda- 
lo, en íin, que en Yungai venciera a bayoneta 
limpia i chilena al ensoberbecido 4. de Boli- 
via. 

Con esto, la muerte de Urriola quedaba asaz 
vengada. El charco de su sangre habia desa- 
)arecido bajo el oleaje de un mar de sangre... 
¡Solo que esta era sangre de humildes artesa- 
ios, arrastrados, compelidos a combatir sin 
saber hacer uso de las armas por una negocia- 



I38 LA REVOLUCIÓN 



cion política en la que no tenían derecho a 
dividendo alguno! 

I si en un palacio opulento, nobles damas 
lloraban al infeliz caudillo ¡qué de cuartos re- 
dondos no quedaron sin su puntal i se caye- 
ron!... 



XXVII 

Todo eso por cuenta del combate en la ca- 
le de las Recojidas. En la Cañada, lo que 
)curria no tenia a mi juicio esplicacion. 

Sé que Vicuña sostenia, — acerca de este 

into yo no hablé con él, — que en la Cañada 
las cosas no iban mejor para la causa del Go- 
bierno, i que allí se batia con igual denuedo 
la mitad deí Valdivia. 

En lei de verdad, les digo que yo no vi tal 
cosa i Vicuña menos, porque a esas horas, den- 
¡tro del calabozo del Chacabuco en que lo me- 
tió González, no sabia qué bola le jugaba. 

Denuedo habia; pero los soldados que dis- 
paraban eran pocos, aunque disparaban bien, 
hincados, tendidos, parapetados en los troncos, 
sumidos en el agua, aprovechando todas las 
ventajas del terreno, que eran muchas. 

Gutiérrez ocupaba el frente de las calles de 
Santa Rosa i San Isidro, con sus Chacabucos, 
que no serian mas de cuarenta, i algunos del 
Valdivia. Pantoja se batia desde las trincheras 
de las Claras. 

Por aquí i por allá, soldados sueltos i algu- 
nos paisanos, disparando de tarde en tarde, 



I40 LA REVOLUCIÓN 



todos ^sobre aquel heroico grupo de artilleros, 
que se destacaba en la claridad de la altura del 
puente. 

No espero ver espectáculo mas grandioso e 
imponente que el de esa lucha tan desigual 
para ese hermoso puñado de valientes. 

I en ningún cuadro de batalla, he visto es- 
cena mas viva, militar i pintoresca que aquella. 

Las guerrillas de Arteaga se estendian hasta 
las vecindades del puente, ya apegadas a las 
paredes de uno i otro costado; ya a la vera de 
los sauces que orillaban la acequia i a cuya, 
sombra corrian las aguas alegremente, — como 
todos los dias. 

El cuerpo de un Valdivia, muerto cuando 
desde la misma acequia disparaba su fusil, ha- 
ciendo un pequeño taco, formó un brazo a la 
corriente que comensó a inundar las trinche- 
ras de Bilbao. — Después se reconoció en él al 
cabo Manuel Uribe, al cual se habia visto que 
cargaba en las filas i para disparar salia al 
frente, paso a paso, hasta llegar al cauce. 

Mui posteriormente se ha arreglado el piso 
de la Alameda; pero entonces, que todavía era 
Cañada, iba subiendo hacia la cordillera en 
planos inclinados que de trecho en trecho se 
definian claramente, por las líneas del que se-* 
guia mar arriba. 

El lienzo casi parejo que comenzaba en San 
Juan de Dios i las Claras, terminaba en la es- 



DEL 20 DE ABRIL DE I S 5 I I4.I 

mina de la Artillería, de modo que mirando 
desde las trincheras, el puente del Cuartel, dos 
veces destacado en alto por el declive i su 
.propia altura, parecia cerrar materialmente el 

...fondo de la calle, dominándola de arriba a 
abaio. — Detras i a lo lejos, apenas se divisa- 
ban las paredes bajas del Carmen Alto, i en 
seguida las tapias de la chácara de Doña Rosa 
Bascuñan, Condesa de Quinta Alegre. 

Bañadas de sol, destacadas sobre aquel rin- 

*£.con azul, las figuras de los que estaban sobre 

'§-el puente, aparecían como siluetas medio fun- 

E*.didas en el ambiente. 

Casi no se conocían las caras.— Eran bos- 
quejos indecisos i movibles, muí difíciles a la 

I mejor puntería. 

Pero esto era de frente; mas perfilándolas 

* por el lado de las calles de Santa Rosa i San 

' Isidro, sobre la tela oscura del cuartel, se dis- 
tinguían con fatal precisión. 

I entonces se veia la cavidad tenebrosa del 
puente; el arco de dos metros, sus altos preti- 
les i sobre éstos los cuellos largos de los obu- 
ses, brillando como espejos; a los lados los 
sirvientes de las piezas, la mecha o el estopín 
en la mano, corriendo de las cureñas a los ar- 
mones i de éstos al zaguán del cuartel; i al 
pié, por entre los rayos de las grandes ruedas, 
las tallas esbeltas i arrogantes de Escala i Ma- 
turana. 




1^.2 LA REVOLUCIÓN 



Erasmo Escala tenia 26 años, pero ya había 
estado con Búlnes en Guías i Yungai. — Era 
grande, fornido, de ojos azules i patillas rubias. 

Parecia que solo una bala de cañón podría 
derribar ese hermoso jigante, de pecho ancho 
i tan bravo. 

Marcos 2. Maturana, que le "servia de se- 
gundo, no ostentaba mas que el delgado galón 
de subteniente. — Alto como Escala, tenia el 
cuerpo enjuto i anguloso, un semblante tan 
risueño i bondadoso, cuanto era adusto el de 
su padre, — aquel viejo sin miedo, sin odios i 
sin risas, de bigotes recortados como cepillo i 
que no se sacaba el corbatin de cuero ni cuan- 
do vestia de paisano. 

Aquellos niños no habían recibido orden 
ninguna; viendo en peligro los santos umbra- 
les de un cuartel que fuera su cuna i la de sus 
padres; que para ellos significaba el templo de 
sus dioses, de sus banderas i sus glorias, — co- 
rrieron a morir atravezados sobre sus puertas, 
cual si hubieran oido la voz de su madre en 
peligro. 

Los kepis echados hacia atrás, las caras en- 
negrecidas, la espada colgando al brazo, apun- 
taban los cañones i a un tiempo resonaban los 
rujidos que mandaban ¡fuego! i el estruendo 
de la metralla. 

Por un momento todo desaparecía en el 
puente, tras de las llamaradas i del humo. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I I43 

Disipado el fogonazo, las guerrillas recosta- 
das al suelo, se enderezaban para disparar a una 
i a mansalva sobre el centro de la nube. 

— ¿Cayeron? — preguntaban los Valdivias. 

Despejada la humareda, i como en el nimbo 
radiante de una apoteosis, volvían a verse las 
dos hermosas figuras, — incendiadas, enfureci- 
das, ciegas en aquel duelo imposible; pero es- 
partano. 

I los viejos sarjentos, aquellas caras venera- 
bles, de barbas blancas como senadores roma- 
nos, que cuando los veia sobre sus cureñas en 
las paradas, se me figuraban, algo así como 
sirvientes antiguos que habían llevado en sus 
brazos a la Patria cuando era niña, — esas caras 
se rejuvenecían a la vista de aquellos dos ni- 
ños i volviendo a sentir las corazonadas de 
Maipo i Chacabuco, pero ya estenuados de 
rabia, de años i de fatiga, se abrazaban a sus 
cañones, i en pos de cada metrallazo, aullaban 
como fieras, su grito inmortal de guerra: 

— ¡Viva Chile! 

I en sus brazos, por el aire, volvía a su 
puesto, Ja pieza que retrocedía. 

Catorce artilleros vacian entre tanto, sobre 
el puente, cuando Escala i Maturana, casi a un 
tiempo, fueron heridos. — Llevados al cuartel, 
■"ios reemplazó el teniente Ricardo Merino Be- 
vavente, — otro buen mozo; — pero a los pocos 
minutos, fué éste derribado por una bala que, 






144 LA REVOLUCIÓN 



rebotando en una losa, se le metió con panta- 
lón i todo en Ja rodilla. 

Antes de morir, tres dias después, recibió 
de una mano querida su ascenso de Capitán, i 
agonizando besó la hermosa mano i sus des- 
pachos. 

Los heridas de Escala i Maturana eran leves. 
i luego se volvió a ver al primero, al frente de 
las piezas; pero im segundo después, retroce- 
dió bamboleándose; mas no cayó. 

Del brazo izquierdo brotaba la sangre a 
chorros: una bala, entrando por la muñeca, 
habia salido por la palma de la mano, abrién- 
dola como granada. 

La herida era atroz; pero aquellos hombres 
eran también de un temple especial. 

Escala, por sus pies se fué a su casa, pasan- 
do a buscar a la^ calle del Bretón, al doctor 
Herzl, el cual impidió la amputación contra 
el parecer unánime de los demás médicos, me- 
diante lo cual Escala quedó con ese brazo; 
pues meses después, dentro del mismo año, ie 
habian de amputar el derecho, sobre la rueda 
de una carreta, en Loncomilla. 

Maturana, inconmovible en el centro del 
patio, viendo caer a sus oficiales i soldados, se 
limitaba a mandar reemplazos i ordenar se 
redoblara el fuego de la infantería, que desde 
algunas ventanas i de 'a garita de la calle del 
Bretón, protejia las dos piezas. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I I45 

Cuando vio llevar a Merino Benavente i a 
Escala, paseó en torno suyo su mirada fija i 
potente, como la luz de una linterna. Buscaba 
un oficial. 

Encontró a su hijo, a quien acababan de 
vendar. 

— Marcos, — le gritó sin una alteración en 
la voz: Tú ahora, muchacho! 

I Marcos, que no se habia enfriado, se plan- 
tó sobre el lomo de aquel puente, que ya no 
era sino el tablado sangriento de un cadalso 
sembrado de cadáveres. 

I el fuego siguió mas nutrido. Algunas mu- 
jeres, las camaradas a quienes entonces llama- 
ban las rabonas, cargaban los fusiles de los 
caidos i los presentaban de repuesto a su hom- 
bre para no perder tiempo. 

I la brisa dulce de aquella plácida mañana, 
como un niño inocente que jugueteara en un 
Cementerio, — llevaba i traia de aquí para allá, 
encumbrándolos en el aire o arrastrándolos por 
el suelo, los montones de papeles que arroja- 
ban los asaltantes al romper los cartuchos. 

I de los árboles continuaba cayendo una 
nevada amarilla de ramas i hojas de otoño, que 
cada racha de metralla arrancaba al pasar. 

Alentados con la matanza hecha en la bate- 
ría, de la calle de San Isidro salieron i avan- 
zaron algunos Valdivias, al mando del sárjente 
Fuentes que se batia, no ya con valor, sino con 



I46 LA REVOLUCIÓN 



ferocidad cuasi salvaje. Tendidos de cara, dis- 
pararon sus armas en un solo tiempo. 

Maturana cayó. Recojido por los suyos, fué 
llevado a su padre. Botaba sangre, en oleadas, 
por la boca i las espaldas. 

— ¿En dónde? — preguntó el viejo. 

— En el pulmón, señor — respondió el hijo. 

El Coronel apartó la cara i no se supo si 
alguna lágrima rodó tras de la capa de humo 
i de pólvora que la cubria, dejando ver úni- 
camente las llamaradas de sus ojos. 



XXVIII 

Decíales ha poco que no me esplicaba lo 
que ocurría en la Cañada, i esto por varias ra- 
zones. 

Por parte de Ja Artillería, por cuanto aque- 
lla lucha heroica, pero brutal, de dos cañones 
contra guerrillas incrustadas en el suelo o las 
paredes, no daba mas resultados que el fusila- 
miento impune de los artilleros destacados co- 
mo blanco a las punterías de soldados ague- 
rridos. 

Sin saber que el Chacabuco estaba dentro 
, del cuartel, yo temia que, a lo mejor, apare- 
ciera Maturana con los refuerzos que García 
le habia metido por la puerta de González. 

Ahora, teniendo la tropa del Chacabuco, 

. unos cuarenta Valdivias i sus cien artilleros 

; ¿por qué no salió, cuando hasta pudo aparecer 

en las torres i tejados de las Claras como Ma- 

ruri en Rancagua? 

I los temidos granaderos, para cuándo eran? 
Tanto temor inspiraba este rejimiento, que el 
que disparaba un tiro, miraba instintivamente 
para atrás, creyendo sentir el paso de Ja carga 
i el frió de aquellas espadas, afiladas a molejón. 



1<\$ LA REVOLUCIÓN 



Por el lado nuestro, las cosas no tenían ma- 
yor concierto. 

Por lo pronto, no se veían jefes, fuera de 
tres o cuatro, como Pantoja i Fuentes, que 
peleaban por exaltadas convicciones. — De Jos 
soldados, la mayor parte se batia por el arte; 
otros contemplaban los sucesos sin disparar un 
tiro. 

Con lo que iba corrido quedaba ya a salvo 
el nombre del renombrado Valdivia. — Si no 
se habia hecho mas, la culpa no era de ellos. — 
I para el precio, mui bueno que estaba. 

En cuanto a los guerreros de frac azul, levita 
o de blusa, aquellos que en la Plaza con gran 
trabajo podian contener su coraje, llegué hasta 
temer hubieran caido ya, víctimas de ese mis- 
mo coraje; pero al pasar por la casa de Herre- 
ra tuve la satisfacción de verlos con tanto 
entusiasmo que al principio, aunque ahora 
bajo de techo. 

Alij erado de este gran peso, continué bus- 
cando a Beltran, ya inquieto por él, cuando 
divisé a Lillo que salia de la casa del Estado 
Mayor. No llevaba arma ninguna. Viendo que 
un Valdivia joven, apoyado contra la pared de 
Las Claras no hacia uso de su fusil, se acercó 
a él i le pidió un tiro. El muchacho cargó i 
Lillo afirmando el codo izquierdo en la mura- 
lla, disparó. Esta operación se repitió tres ve- 
ces, quedando siempre Lillo a la pared i el 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I 



149 



soldado hacia la calle. A la cuarta vez, el Val- 
divia, contajiado por aquel valor tan sereno, 

igó el tiro. 

— Ahora yo — dijo, i ocupando el lugar de 
.illo, éste se hizo hacia la calle. 

El muchacho se echó el fusil al ojo; apun- 
tó.,,,, i una bala lo tendió de espaldas. 

Lillo lo alzó agonizando i se dirijió con él 
a casa de Herrera, donde el Estado Mayor se 
habia encerrado a piedra i lodo, costando un 
triunfo que recibieran al moribundo. Corrió 
después sobre el fusil; pero como no tenia mas 
que un tiro, tornó a golpear en la casa hasta 
conseguir que por la nevera le pasaron dos o 
^tres cartuchos del finado. 



1 



Aconteció aquí una cosa inaudita, que nadie 
se esperaba. 

Callaron de pronto los cañones del puente. 
¿Se convencieron, al fin, que las descargas a 
metralla nada hacían sobre el enemigo por el 
desnivel violento del terreno, i su ájil destreza 
de culebras? 

No habiendo mas oficiales, i desalentados, 
al cabo, los artilleros, abandonaron las piezas, 
i corriéndose al zaguán, cerraron el pesado 
portón del cuartel. 

Un puñado de Valdivias se precipitó enton- 
ces sobre los cañones, arrastrándolos en triunfo 
Cañada abajo, i se oyó un grito inmenso que 
fué corriendo de grupo en grupo: 

— Viva el Valdivia! 

— Hemos triunfado! 

I como a un toque de corneta, el fuego ceso 
en toda la línea, i como evocadas por un con- 
juro, millares de personas, hombres i mujeres, 
infantes i jinetes, delirando de entusiasmo, to- 
dos vencedores, llenaron en un segundo la 
Cañada. — Las boca-calles descargaban ríos que 
iban a engrosar esa mar de jente. 



152 LA REVOLUCIÓN 

I cual si nada ocurriera, a favor de este sig- 
110 de tregua o de triunfo, las campanas de 
San Francisco comenzaron a llamar apresura- 
damente para la misa de diez. 

Recorriendo el campo de batalla, solo se 
recojieron por lo pronto cuatro muertos del 
Valdivia. — Esto aumentó el regocijo. — No se 
podia obtener una victoria a mas bajo precio, 
i los vivas redoblaron. — Los que oian de lejos 
imajinaron otro triunfo; los cañones tomados 
(que eran dos en la calle de Las Claras), en 
la del Estado llegaban a seis; en la de Ahu- 
mada ya estaban todos los artilleros rendidos, 
i rodando de corrillo en corrillo, la bola de 
nieve rebotó en la Moneda en forma de tre- 
mendo i derrumbado ventisquero. 

I para que no quedara duda, el sarjento 
González, de la escolta, llegó a mata caballo 
al campamento, con todas las trazas del que 
ha escapado por milagro de una catástrofe. 

Llevado a la presencia de Búlnes, el roto, 
sin pestañar, refirió de un hilo que la Artille- 
ría estaba tomada; que el Valdivia habia en- 
trado al Cuartel, sin perdonar a nadie; que él 
por sus ojos habia visto el cadáver charqueado 
del viejo Maturana, al lado del de su hijo... 

De las palabras del sarjento no cabia dudar: 
la hecatombe la tenia pintada en la cara. 

I cuando el trovador concluyó su paya, to- 
das las miradas se clavaron en Búlnes. — La 



DEL 20 DE ABRIL DE I 85 I 153 

situación volvía a derrumbarse sola i entera 
sobre sus hombres. 

Sintiendo su peso, el Jeneral se afirmó en 
los estribos, la sangre agólpesele a la cara, i 
desenvainando por primera vez el sable 

— Aquí me quedo! — respondió. 



El tiempo habíase pasado sin sentir. 

Era ya tarde. 

Don Panchito, bostezando sin disimulo, nos 
dijo: 

— Concluyamos pronto: yo estoi mas can- 
sado que ustedes, i me coloco en primer lugar 
por orden de cansancio. 

Contábales la sacada de sable que hizo Búl- 
nes en respuesta a las miradas interrogativas 
de los personajes que le rodeaban. 

En ese momento, no hai duda que el gue- 
rrero se sobrepuso al hombre de Estado; pero, 
teniendo por cierto lo dicho por el granadero, 
la prudencia exijia envainar la espada, aho- 
rrando otra lucha incierta, siempre sangrienta, 
dentro del estrecho recinto de una plazuela. — 
¿A qué provocar soluciones radicales con ele- 
mentos improvisados, centra ventajas casuales, 
i en terreno sin salida, como la Moneda, cuan- 
do a un paso estaba la Cañada, amplia i libre, 
i detras de ella, Santiago, i al último la Repú- 
blica entera? 

¿Ouién podia decir que la revuelta del Val- 
divia tenia raices en todo el pais? Las maqui- 



I56 LA REVOLUCIÓN 

naciones de Ugarte, Urriola, Pantoja, Bilbao i 
otros debian considerarse simplemente como 
delirios de ideólogos que querían anticipar por 
la fuerza, con las violencias de un aborto, los 
frutos de un árbol recien plantado. 

Pero la nación no queria eso; los revolucio- 
narios no interpretaban el sentimiento público, 
ni siguera la opinión sensata de su propio par- 
tido. 

Sus avanzadas juveniles, por ilustradas que 
fueran, no eran, al cabo, el grueso de ese par- 
tido, ni lo representaban ni lo habian consul- 
tado. 

¿A qué fin, entonces, comprometer la esta- 
bilidad del Gobierno, en los azares de una 
lucha cerrada dentro de cuatro paredes? 

Todo esto lo parlamentaron en una mirada 
don Manuel Montt, don Antonio Varas i don 
Máximo Mujica. 

Dando por evidente lo pensado, don Manuel 
atracó su caballo al de Búlnes i, poniéndole la 
mano sobre el puño que sujetaba la espada, 
como quien opone la razón a las pasiones, la 
lei a la fuerza 

— Salgamos de aquí, Jeneral! — le dijo con 
su voz entera, segura i calmosa, — el acento re- 
posado, acaso solemne, que resonaba todos los 
días en el sillón del Presidente de la Corte 
Suprema de Justicia. 

— ¡Una fuga! — esclamó Búlnes. 



DEL 20 DE ABRIL DEI85I I 57 

— ¡Un cambio de posiciones, Jeneral! — 
contestó don Antonio, reposadamente. 

— ¡Mas campo! — agregó don Máximo, se- 
ñalando con la mirada las tropas confundidas 
en el estrecho recinto. 

— ¡I menos sangre, Jeneral! — volvió a decir 
don Manuel. 

Esta frase dominó al soldado. El Jeneral 
cedió su puesto al Presidente. 

Estudiando a Búlnes bajo esos dos aspectos, 
su parecido con Víctor Manuel de Italia, se 
me representa en el acto: llano, sincero, popu- 
lar, valiente, heroico, impresionable i sanguí- 
neo, dando mas importancia al fondo que a la 
forma de las cosas, — luego aparecía en él el 
hombre de profundo buen sentido, malicioso, 
sagaz, diplomático, sospechando lo que no sa- 
bia, poniéndose a la altura de las mas grandes 
cuestiones de Estado. 

— Salgamos! — dijo por toda respuesta. 

Se habló entonces de que allí habia habido 
caras lívidas de miedo, consejos precipitados i 
resoluciones inspiradas por el espanto. 

Pero Búlnes era el mismo de Yungai; Varas 
todavía conservaba las zapatillas con que a las 
tres de la mañana saliera a despertar al Presi- 
dente i a su escolta. 

Don Manuel con sombrero de pelo i capa, 
hacia sus cigarritos sin que se le cayera el 
tabaco, i don Máximo no era hombre de 



158 LA REVOLUCIÓN 



enredarse en Jas espuelas ni con mucho. 

Detrás de ellos seguía un brillante i nume- 
roso Estado Mayor de Jenerales i de Jefes de 
todas graduaciones. — Salvo Urriola i Arteaga, 
todos los jefes del ejército estaban ahí. 

Ahí estaban, el Coronel don Pedro Nolasco 
Vidal, Ministro de Guerra i Marina; los Je- 
nerales don Santiago Aldunate con el cuerpo 
de oficiales de la Escuela Militar i don José 
Francisco Gana; los Coroneles don Ramón de 
la Cavareda, Ballarna, don Miguel Dávila, i 
Jos Comandantes Javier Garfias, Torres, Ca- 
mino, Yánez, Silva Chavez, José Nicolás Prie- 
to i diez o quince mas. 

En tropa se veía, aparte de Ja Escolta i la 
Columna de Bomberos, el número 3 de cívi- 
cos al mando de su comandante don Carlos 
Formas; unos cien nacionales de a caballo, los 
que llamaban miguelinos o -paperos i piquetes 
sueltos de diversos cuerpos que habian ido 
congregándose en la Plazuela. 

Al propio tiempo llegaron dos correos con 
pliegos cerrados para el Jeneral. 

Uno comunicaba que el batallón Yungai 
venia de Melipilla en camino; i en el otro, el 
Gobernador de la Victoria decia que hasta ese 
momento tenia acuartelados en San Bernardo 
seiscientos hombres, i que solo esperaba armas, 
municiones i la orden de ponerse en marcha. 

El Gobernador de la Victoria habia sabido 



DEL 20 DE ABRIL DE 1 85 I I 59 

Ja noticia por una mujer que con las luces del 
alba salió de Santiago llevando la nueva. Sin 
guardar mejores datos, el Gobernador hizo 
tocar llamada a los cívicos i recojer jente. 

A todo esto, las razones dadas por don Ma- 
nuel convencían a los circunstantes. 

Habia que poner a salvo de todo capricho 
de la casualidad o de la suerte, la persona del 
Presidente que representaba las instituciones 
del Estado. 

La Cañada, que estaba aun paso, no era una 
fuga, i tenia todas las ventajas de un campo 
abierto, — abierto sobre todo hacia el camino 
de Melipilla i de Valparaíso, en caso que al 
fracaso que lamentaban, siguiera un descalabro 
contundente. 

Se tocó atención i cada cual se aprontó para 
la marcha. 

Pero antes de partir, ocurrió una escena dig- 
na de la antigüedad. 

Sencilla i sublime como todos los arranques 
verdaderos del corazón. 

El Coronel don Pedro Nolasco Vidal, que 
hasta ahí habíase mantenido alejado del grupo 
directivo, comprendiendo que ya no estaba 
para esas cosas, fué impuesto por un ayudante 
del movimiento que se iba a emprender. 

— ¡Ah, esclamó Vidal; pero yo no puedo 
subir a caballo! 

Vidal era un soldado de la Patria Vieja, i 



1 6o LA REVOLUCIÓN 



ademas de anciano, tenia una pierna inútil, — 
rota por una bala goda, desde sus primeros 
años. 

Cojeando, trabajosamente, i en la angustia, 
de que lo vieran quedarse, se acercó a Búlnes 
con las cortedades de un recluta que habla a 
su Jeneral : 

— No puedo subir a caballo, señor Presi- 
dente, — -dijo, — pero yo me haré cargo de la 
tropa que V. E. -designe, i defenderé el Pala- 
cio. 

I como avergonzado de lo dicho, temeroso 
talvez de haber pedido mas de lo que merecia, 
se detuvo un momento, i después agregó: 

— Para esto puedo servir, señor! 

— Coronel,.., articuló Búlnes... 

I se puso pálido, en seguida rojo; el bigote 
ancho i espeso, le temblaba bajo la nariz abier- 
ta, palpitante. 

Uno que lo vio me decia: 

— Iracundo i pensativo, estaba hermoso; 
pero daba miedo. — Si la guerra tiene sus sire- 
nas encantadoras i atrayentes, ellas debian ti- 
rarle la casaca para que se quedara ahí, al lado 
de ese hermoso viejo que acababa dé hablar 
como un héroe. 

Don Manuel Montt, siempre con su calma, 
volvió a acercar su caballo, i apoyándose en su 
brazo, tornó a decirle en tono amistoso, pero 
severo: 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I l6l 

— No es prudente, señor, que por pundonor 
militar comprometa Ud. la suerte de la Repú- 
blica, resistiendo aquí. 

Vidal quedó a cargo de la guarnición de la 
Moneda, i Súlnes con don Manuel, sus Mi- 
nistros, el Estado Mayor i Granaderos, toman- 
do por la calle de Teatinos, se dirijieron a la 
Cañada. 

Puede que al ponerse en marcha, bajo la 
triste impresión de la derrota i matanza de la 
Artillería, tuviera el Gobierno el propósito de 
replegarse a Melipilla, como algunos afirman 
que lo tuvo. — Pero échele Ud. un galgo a lo 
que resolvieron i se guardaron entre pecho i 
espalda aquellos hombres. 

Mas dando que para Melipilla fueran, al 
llegar a la Cañada, debieron cambiar de opi- 
nión, sin duda alguna. 

Abandonaban el campamento de la plazuela 
en la convicción de que serian atacados de un 
instante a otro; que el enemigo se vendria so- 
bre la Moneda con la aviada de su primer 
triunfo i reforzado por todos los que se agre- 
*gan al éxito; pero en la Cañada, en las vecin- 
dades del Palacio, no se veia una alma i solo 
mirando hacia arriba, allá por la calle de San 
Antonio, divisábanse señales de algún tumulto, 
• I se oyeron tiros sueltos. 

Luego una descarga cerrada. 



¿Contra quién? 



11 



IÓ2 LA REVOLUCIÓN • 

¿Seguía, entonces, el combate? 

Empero, la jente en vez de correr para aba- 
jo, rumbo de la Moneda, se precipitaba hacia 
arriba, atraida por algo nuevo que ya no debia 
ofrecer peligro alguno; puesto que todos vo- 
laban a la curiosidad. 

Sin embargo, la comitiva siguió su marcha. 

En la plazuela de San Lázaro, Búlnes se 
detuvo, i el rejimiento, llegando hasta el calle- 
jón de Padura, que era la boca de la ruta de 
Valparaíso, vía Meli pilla, contramarchó al 
tranco i vino a formar a retaguardia de su je- 
fe — la espalda vuelta al polvoroso i triste ca- 
mino de la fuga; pero siempre a la espectativa, 
de lejos, demasiado lejos de aquel combate tan 
desigual para los suyos. 

Esta actitud tan estrañamente pasiva de los 
granaderos, fué un poderoso ausiliar para las 
tropas de la revolución, i entre los mismos 
partidarios del gobierno, comentada en térmi- 
nos muí desfavorables. 

El rejimiento había peleado todas las bata- 
llas de la Independencia; sus soldados eran es- 
cojidos; su amor a Búlnes rayaba en idolatría i 
sabemos bien lo que se puede hacer de un 
cuerpo movido por tal resorte. 

¿Qué habria sucedido si mientras Arteaga i 
Videla fusilaban por la espalda al montón de 
cívicos, Pantoja con sus granaderos, a su vez 
los sablea a ellos por el mismo lado? 



DEL 20 DE ABRIL DEI85I I 63 



Habrían barrido la Cañada. 

Se habrían dado la mano con Maturana i 
éste desplegando en guerrilla sus artilleros i 
Jos ciento treinta i ocho Chacabucos, habría 
cambiado de postura, no como San Lorenzo 
en su parrilla, sino como aquel que mete de- 
bajo al que tenia encima. 

La correteada que dio el rejimiento hasta la 
calle del Estado, regresando en seguida a toda 
prisa, al totoral de la calle de Morandé, sirvió 
únicamente para que el populacho le perdiera 
el miedo i el zambo Romero se alavara toda la 
vida de haberle derrotado él solo con el esco- 
petazo que le disparó, — verdad que lo disparó 
de frente, i medio a medio de la calle. 

— Mucho mejor, decian algunos, habría sido 
aceptar el plan que proponía Sarmiento. 

Porque aquí les diré en confianza, que don 
Faustino que llegó a lo moro, de blanco albor- 
noz, ofreciendo a Búlnes los servicios de su 
escopeta de dos cañones, luego le propuso for- 
malmente, como idea salvadora, almacenar en 
la Moneda una punta de ganado, encerrarse 
en aquella i sostener el sitio hasta que no que- 
dara cola de vaca ni de buei. 

I de estas ideas salvadoras parece que hubo 
muchas semejantes por uno i otro lado. 



XXXI 

Acerca de estas peripecias ele Búlnes, yo tu- 
ve después datos muí exactos, de la mejor 
fuente posible— nada menos que de boca del 
mismo Salgado, el cual, como les tengo dicho, 
era sombra, asistente, ayuda de cámara, mama 
i guardián del Jeneral. 

Entre meterle una bota i otra, Salgado le 
hacia sus observaciones i ¡ai! del que se pusie- 
ra contra Salgado. 

Una sobrina de éste acompañaba a mi tía, 
ahí lo veia yo con frecuencia, i él me conta- 
ba estas cosas, con esa viveza casi andaluza de 
la jente del sur. 

Decíame que detenidos frente a San Lázaro, 
el Jeneral Búlnes, la cabeza caida sobre el pe- 
cho, sin oir lo que le hablaban, veia talvez a 
Maturana, entrando a Lima sobre una cureña 
i en seguida, sableado por su causa junto con 
su hijo. 

De allí a poco, como a distancia de tres cua- 
dras, se divisó un grupo de tres jinetes que 
avanzaban a trote moderado. 

Detras de Búlnes un soldado dijo: 

— El Coronel Maturana! ' 



I 66 LA REVOLUCIÓN 



Búlnes, como picado por un aguijón, volvió 
la cara, buscando al que parecia burlarse de 
sus pensamientos. 

Pero el roto tenia razón. — El grupo conti- 
nuó avanzando i luego se vio al viejo Coronel, 
medio encorvado, descosido el traje, la cara 
renegrida, pero impasible. 

Tan sereno como si viniera levantándose, i 
tan respetuoso i leal como cuando era Edecán 
de Búlnes. 

No hai para qué decir que fué recibido cual 
un resucitado. 

No solo estaba vivo, sino que ademas traia 
la victoria. 

El granadero aquél habia confundido a 
Urriola con Maturana i lo dem^s lo habia ima- 
jinado sobre la matanza de los cívicos. 

Porque así son las mentiras i los embusteros. 

En pocas palabras, — pocas para todo lo que 
habia visto, — refirió Maturana la agonía i 
muerte de la revolución: 

— Seguro del todo dentro de su cuartel, con 
los trescientos hombres que tenia, fué sorpren- 
dido por la irrupción de la columna de García: 
aquello habia hecho el efecto i los porjuicios 
de un rebaño atacado de espanto.— Oficiales i 
soldados entraban arrojando armas i unifor- 
mes. Se disfrazaban de paisanos. — Todo un 
Sarjento mayor habia votado su casaca en un 
pesebre. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 83 I l6j 

Semejante espectáculo concluyó de contur- 
bar a los defensores, firmes hasta ahí; pero ya 
mui impresionados por el cuadro de sangre 
que los rodeaba. — De todos los rincones salian 
lamentos. Se tropezaba con los muertos; los 
heridos se arrastraban hasta las caballerizas, en 
el patio de las muías, para esconderse en la 
basura. — Se ahogaban en los albañales, en el 
afán de salir de aquella trampa que, a su pa- 
recer, luego seria escarbada a la bayoneta. 

Mirando en pié los muros de la calle, en 
pié los portalones, los asaltantes no podian te- 
ner idea de los estragos que habían causado 
adentro. 

Esas mismas viejas murallas, jaula que fue- 
ron de tantas lujurias, socavadas i podridas 
desde entonces, — se abrían a tajos, amenaza- 
ban caerse, estremecidas por las convulsiones 
de los mil cívicos que habían azotado contra 
ellas su agonía. 

Del relato de Maturana parecía resultar 
también que, ademas de los dos cañonazos a 
metralla, disparados en la calle de Las Reco- 
jidas, Gonzales había hecho otro desde el 
mismo zaguán, en el instante en que le pare- 
ció que la puerta cedia al empuje de los de 
afuera. 

Según los partes oficiales, las pérdidas del 
Gobierno en la Artillería eran de veintisiete 
muertos i ochenta i siete heridos en la media 



1 68 LA REVOLUCIÓN 



hora que duró el combate; pero los cívicos 
muertos o heridos, fueron mal contados, por- 
que muchos murieron o curaron a hurtadillas 
en sus casas. 

Algunos hicieron subir a doscientos el nú- 
mero de ciudadanos caidos en esa riña tan a la 
chilena. 



J\. .A.yvl.1 



¿En- qué momento se esparció entre las tro- 
pas revolucionarias la muerte de Urriola? 

Maturana no sabia decirlo; pero suponia 
que un soldado como Videla, debia haberla 
ocultado con empeño. Sin embargo, se supo; 
mas no hizo grande efecto en el Valdivia, desde 
que éste se batia por su cuenta i Arteaga habia 
ya entrado a reemplazar a Urriola. 

Pero luego, cuando las ventajas obtenidas 
por ellos eran mas ciertas i visibles, advirtióse 
un desorden que no podia pasar inadvertido 
a los ojos de un peuco viejo como Maturana. 
Comprendió que algo minaba el suelo que pi- 
saban los vencedores. 

Las secciones de la calle de San isidro i de 
la Bodega de Cueto, que eran las que habian 
peleado con mas vigor, cesaron el fuego. Veíase 
a los soldados rejistrarse las cartucheras i a las 
rabonas rebuscar por el suelo. 

No cabia duda de que las municiones ha- 
bíanseles concluido. Este era solo un acciden- 
te; pero por otro lado se vio que un Valdivia, 
a quien Videla queria hacer salir de su escon- 
dite, se fué sobre él a bayoneta calada, i si no 



I70 LA REVOLUCIÓN 

es por el cabo Juan de Dios Vega, allí lo cla- 
va contra la pared. 

En la boca-calle de las Claras ocurría al 
propio tiempo otro suceso tan revelador como 
infame. 

¿Recuerdan Uds. que en el momento de 
salir el Valdivia de su cuartel, ef sarjento 
Fuentes disparó un pistoletazo contra su com- 
pañero Ramón Henriquez porque trataba de 
inducir a la tropa a no sublevarse? Henriquez 
fué engrillado i en seguida puesto en libertad 
a ruegos del teniente Huerta, que lo afianzó 
con su palabra. 

Pues bien: el fuego raleaba en la trinchera 
de las Claras; despejado el frente de enemigos, 
los soldados buscaban sobre quién descargar 
los tiros sobrantes. 

Henriquez se acercó a Huerta, que manda- 
ba el grupo i afirmando la boca de su fusil en 
la espalda del teniente... disparó atravesán- 
dolo de parte a parte... 

¿Qué determinaba semejante disolución en 
tropa tan veterana? 

Tras de la noticia de la muerte de Urriola, 
acababa de difundirse la de que el coronel Ar- 
teaga, mientras aquélla se batia, habíase reti- 
rado del combate i montado en ancas del 
caballo de un policial para refujiarse en la 
Legación de Norte-América, — lisiada desde 
entonces de tales ingratos percances. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I 



Esplicándome este hecho, Vicuña me decía: 

— Arteaga hizo lo que un jeneroso tran- 
seúnte que ve ahogarse a un prójimo. Echóse 
resueltamente al aluvión, forcejeó un instante; 
pero cuando los espectadores de la orilla le 
gritaron que el prójimo era cadáver, buscó su 
propia salvación en la opuesta. 

— Esta es linda! — esclamaba un Valdivia, 
dando contra el suelo su fusil. — Se van i nos 
dejan. Mejor estábamos en el cuartel. 

A favor de estos indicios, los jefes del Val- 
divia que acompañaban a Maturana, salieron 
por la puerta atravezada, i divisando un grupo 
de soldados que erraba a la ventura, hiciéronle 
señales de amistad. 

Recelosos de primera, fuéronse acercando 
poco a poco hasta que el corneta Chegres re- 
conoció a Barbosa i corriendo a su lado, púso- 
se a tocar la llamada guerrillera del Valdivia, 
lo cual atrajo a muchos dispersos. 

En vista de este resultado, Maturana resol- 
vió jugar Ja carta de su propia persona, i al 
efecto dio orden de abrir la puerta de la Ca- 
ñada. 

Al ver este camino abierto, Fuentes que 
asesaba en el suelo de cansancio, tornó a pa- 
rarse, logró juntar unos setenta Valdivias i con 
ellos se precipitó al asalto final. 

Muchos presenciaron esta suprema i heroica 
intentona. Jadeantes invadieron el zaguán; los 



LA REVOLUCIÓN 



fusiles preparados; negras las bocas, como si 
vinieran de comer maqui, de tanto morder car- 
tuchos i escupir pólvora, buscando con la vista 
estraviada de los locos, sobre quién disparar la 
última bala. 

Allí se encontraron de manos a boca con 
Maturana, que salia al frente de los oficiales 
del batallón sublevado. 

Estos se adelantaren, gritando: 

— ¡Viva el Valdivia!— ¡Todos somos her- 
manos! 

Pero los gritos murieron ante la espresion 
de ferocidad, pintada en aquellas caras. 

Revolcados, sucios, ennegrecidos por Ja san- 
gre i la pólvora, parecian de verdad asesinos 
embriagados por la matanza. 

Detenidos unos i otros por la sorpresa del 
inesperado encuentro, solo dos hombres avan- 
zaron de frente, cruzados les rayos de sus mi- 
radas cual dos aceros toledanos: 

Maturana i el Sarjento Fuentes. 

Después de tanta sangre, ahí estaban ahora 
cara a cara, el gobierno i la revolución, la 
victeria o la derrota, pendientes del éxito de 
ese duelo supremo, de hombre a hombre, en- 
tre un Coronel i un Sarjento, ambos iguales; 
porque ambos encarnaban allí su causa. 

Fuentes sacaba la cara por todos los fugados 
i traidores. El no combatía por promesas de 
nadie: jugaba su vida por sus principios. 



DEL 20 DE ABRIL DE I 8 5 I I73 

— Me quedé frió, señor, a la vista de aquel 
hombre! — decia injénuamente Maturana a 
Búlnes. 

I Maturana no tenia siquiera su espada en 
la mano; porque la llevaba al cinto. 

En cambio, Fuentes empuñaba su fusil pre- 
parado. 

Mas no era el acero ni arma alguna de 
muerte, la que habia de vencer a ninguno de 
esos dos jigantes. 

Al Sarjento lo venció el Coronel; al soldado 
la disciplina; al hombre las canas i las glorias 
de aquel héroe lejendario, qne un dia fuera 
sarjento como él, i a quien habia aclamado en 
mas de una ocasión sobre el campo de batalla, 
en la embriaguez jenerosa de los triunfos por 
la patria, en suelo estraño. 

í Fuentes dejó caer su fusil, i en seguida se 
le cayeron los propios huesos, tras de doce 
horas de lucha. 

I el perro bravo i leal de la revolución, se 
dejó encadenar mansamente, rendido por el 
cansancio. 

Pero quedaban otros dos invencibles. — 
Cuando todo parecia terminado, oyóse de nue- 
vo el toque de degüello: eran Pantoja i Videla 
que se lanzaban con sus fieles a completar la 
que imajinaban victoria de Fuentes. 

Pero Fuentes estaba ya con grillos! 

A su vista, retrocedieren gritando: 



174 LA REVOLUCIÓN 



— Traición! Traición! 

Mas no habia tal traición, i de todos Jos 
redentores, Fuentes seria el único crucificado. 

Maturana subió a caballo i corrió a la Mo- 
neda, donde no encontró al Presidente. 

I él era el que iba con la vic:oria l cuando a 
tres cuadras lo reconoció un roto con la vista 
de los huasos. 

Los granaderos entraron, entonces, en ac- 
ción, cazando a los dispersos i sospechosos. 

Despejada la muchedumbre, se pudo ver en 
parte los estragos de la lucha. 

Ocho hombres del pueblo, entre ellos un 
niño, habian muerto en la Cañada. 

Contado el Valdivia, resultó con catorce ba- 
jas en la calle i cinco dentro del cuartel. 

En cuanto a los cabecillas, la mayor parte 
se salvó por la casa de don Isidoro Herrera. 

De ahí huyó Bilbao vestido de fraile. 

Pasando a la casa de doña Magdalena Ure- 
ta de Valdes, Pantoja fué a parar al convento 
de San Agustin, donde lo recibieron con esa 
cordialidad que siempre ha habido, acaso por 
la lei de los contrastes, entre los militares i los 
frailes. 

El provincial Ortega que le cedió su celda 
i sus hábitos, referia después que Pantoja se 
habia afeitado las patillas con la mayor sereni- 
dad del mundo; se caló los hábitos i... diz que 
en la misma noche, en rueda de frailes, salió M 



DEL 20 DE ABRIL DEI85I 175 

la Iglesia i ayudó a los responsos que la co- 
munidad entonaba sobre el cuerpo de Urriola, 
al cual velaban en la nave mayor..» 

Ugarte i Carrera se refujiaron en la calle 
del Carmen, en una chacra que arrendaba este 
último i en la tarde salieron mui frescos en 
birlocho para el sur. — En Talca los detuvo el 
coronel Porras, cuando se hacian pasar por 
negociantes de ganado. 

Lillo se paseaba en la Cañada en la actitud 
de un curioso cualquiera, cuando Baquedano, 
que era su compadre, se desprendió de la com- 
pañía que mandaba para hacerlo escapar por 
la calle de San Isidro, donde lo escondió Juan 
Las-Heras. Se hicieron muchos arrestos i se 
cometieron algunas tropelías de cargo a ese celo 
indiscreto de los ajentes subalternos, tanto mas 
exaj erado cuanto mas baja i servil es la mano 
en que cae una autoridad de ocasión. 

En la misma mañana, mientras duraba el 
combate, se allanó la casa del Coronel Urriola 
para buscar a su yerno don Anjel Prieto i 
Cruz. La esposa de éste, la joven señora doña 
Clarisa hacia pocos momentos que habia reci- 
bido en pleno corazón el anuncio de la muerte 
de su padre. — Asomada a uno de los balcones, 
llena de angustias, pidió noticias a un grupo 
de soldados que pasaban en derrota. 

— ¡Que mataron a Urriola! — contestaron 
éstos sin sospechar que hablaban con la hija. 



i 



¿Qué mas puedo contarles de este famoso 
20 de abril? 

Que a las doce del mismo dia i a son de 
cornetas i entre vivas del pueblo, llevaron al 
Valdivia de la Artillería a la Moneda; i de 
ahí a su cuartel, donde lo disolvieron, for- 
mando en su lugar al Buin, a los tres dias ca- 
bales, en cuya fecha hubo con los policiales 
una de Dios es Cristo en la caja del Mapocho. 

Que el 22 fué sepultado Urriola en el Ce- 
menterio JeneraJ donde Juan Bello pronunció 
un discurso, que determinó su destierro a 
Lima. 

Que Aníbal Pinto, Juan Pablo Urzúa, Pe- 
dro León Gallo i Juan Agapito de la Barra, 
recojieron como dieziocho mil pesos en suscri- 
ciones para auxiliar a las familias de los cívi- 
cos caídos en el combate. 

Que no hubo saqueos, ni delaciones ni mez- 
quinos rebusques de papeles. 

Que el proceso contra los paisanos se llevó 
con jenerosa lentitud. — Algunos de los com- 
prometidos, como José Miguel Carrera, esca- 
lparon de la cárcel con la tolerancia del gobier- 



I78 LA REVOLUCIÓN 



no. — A los sarjentos del Valdivia se les siguió 
causa por separado; se indultó a todos, menos 
a Fuentes, a quien se fusiló en el Tajamar 
arriba. — Según me dijo Salgado, no habia ob- 
tenido indulto por haber hecho fuego perso- 
nalmente contra su capitán Basilio Urr.utia. — 
Fuentes se portó como un bravo; la pagó por 
todos i murió sin echarle la culpa a nadie. 

I como en prueba de que era hijo de tigres, 
cuando el jeneral Cruz, poco después, alzó 
bandera contra el Gobierno, se le presentaron 
un dia al campamento dos viejos que venían 
de lejanas montañas. 

Iban a pedirle venganza. 

Eran los padres de Fuentes. 

El mismo dia, Búlnes envió a Baquedano al 
Hospital i a las casas en que se sabia se cura- 
ban oficiales o soldados revolucionarios, para 
darles a su nombre la seguridad de que no 
serian perseguidos. Esto me consta por una 
carta que voi a darte. 

La conservo en un marco i quiero obse- 
queártela. 

— Yo iré, abuelito, — dijo Beatriz. 

— Nó, respondió mi amigo: esto me servirá 
para estirar las piernas. 

Oí perderse el ruido de sus pasos en las ha- 
bitaciones interiores. 

La suave luz de la lámpara se reflejaba so- 
bre la pelusita rubia de la nuca de Beatriz, 



DEL 20 DE ABRIL DE I85I I 79 

como rayo de sol sobre un campo de trigo. 

— ¡Un millón de gracias! — Me dijo ella. 
Esta es una noche inolvidable i feliz para mi 
querido viejo. — Ha vuelto a vivir su juven- 
tud! 

Don Panchito volvió. 






XXXIV 

— ¿I lo demás, don Panchito? 

— Eso, me contestó, — no tiene ya interés 
ninguno. 

— Pero no nos dijo Ud. al principio que 
esto seria a modo de novela? I la novelita de 
Ud. con Erna i Beltran? 

El viejo suspiró. Los lances de la batalla 
habíanlo llevado bien lejos del ave que le can- 
taba en la calle de San Pablo. 

— Ah, sí! esclamó. — I ya que lo exijes te lo 
diré en un verbo. 

Cansado de buscar a Beltran, me dirijí por 
la Cañada abajo a fin de pasar por su casa. Al 
enfrentar la patagua que habia a un lado del 
paseo, por ahí donde ahora está la estatua de 
O'Higgins, me alcanzó un muchacho para 
decirme que un caballero me llamaba. I el 
chiquillo agregó de su cuenta, confidencial- 
mente: 

— Está herido, señor! 

Era Beltran. Apoyado en la hermosa pata- 
gua, la última de su raza que quedaba en 
Santiago, ya triste i amarillenta como una prin- 
cesa araucana desterrada de los suyos, — Bel- 



I 82 LA REVOLUCIÓN 



tran habia tenido un lijero desvanecimiento a 
causa de la sangre que perdiera. El niño aquel 
lo habia socorrido, pasándole agua en su som- 
brero. 

Pensar en ir a su casa o a la mia era entre- 
garnos. 

— Imploremos la caridad de tu Erna! — me 
dijo. 

En medio de la natural alegría de vojver a 
verla, esperimenté cierta cortedad a la idea de 
presentarme sin herida alguna. Pero luego me 
dije: — ¿Cuándo se ha visto que mueran todos 
los que combaten? — I en el fondo sentí la 
infinita satisfacción de estar vivo i de no haber 
privado a nadie de la misma felicidad. 

En viaje a casa de Erna, Beltran me contó 
sus peripecias. —¡Qué habia de dar con él! — 
Durante todo el combate habia combatido al 
lado de Gutierres, en la boca-calle de San Isi- 
dro, adonde no se acercaban mas que los cascos 
de granada i las balas de la artillería. Allí fué 
herido en un brazo; pero tuvo la suerte de que 
al caer lo recojiera una joven que le pareció un 
ánjel bajado del cielo. Era doña Flora Tupper 
de Bianchi, que en persona andaba socorriendo 
a los heridos. En su casa habia instalado una 
ambulancia, donde curaron a varios, entre 
otros, a una pobre mujer, llamada Carmen 
Iglesias, horriblemente herida por un trozo de 
metralla. 



DEL 20 DE ABRIL DE 185I 1 83 

En casa de Erna nos recibieron como a 
hermanos. 

Al cerrar la puerta vimos que el muchacho 
que socorriera a Beltran en la Cañada, nos ha- 
bia seguido i estaba en la acera del frente con 
los ojos tristes, clavados en nosotros. 

— ¿Será espía? pensamos. 

Las niñas lo hicieron entrar. Era evidente 
que tenia algo que decir; pero no se atrevia. 

Al fin habló, tragándose sus lágrimas: 

Su padre estaba también herido i oculto por 
nuestra misma causa; i su madre infeliz no te- 
nia con que atender al que con su trabajo 
llevaba el pan cuotidiano de ese hogar desven- 
turado. 

Erna lloraba, sin ocultarse, a la par del niño, 
a quien pedia las señas de su rancho. 

— ¡Oh, Dios mió! — esclamé, ¿hasta a dónde 
va a rebotar esta piedra de las guerras fratri- 
cidas que hemos lanzado con el corazón lí- 
jero? 

La herida de Beltran no era grave; porque 
la bala al pasar solo le habia mordido un bo- 
cado, aunque no muí chico. Aquellas balas 
eran como huesillos i ademas estaban oxida- 
das. 

Erna no consintió que Beltran ocupara otra 
pieza que la de ella. — Para servir a Beltran, a 
mí me mandaba como a su sirviente. 



184 LA REVOLUCIÓN 



— Sirva de algo!... me gritaba a cada rato. 

Me parece que la estoi oyendo! 

Ellas avisaron en nuestras casas; trajinando 
a las oraciones, ellas nos servian de correo, i 
ellas por sus manos lavaban Jas vendas i la ropa 
ensangrentada, a fin de evitar todo percance. 

La voz del pobre viejo, se iba debilitando. 
Acaso mas de un sollozo aleteaba en su cora- 
zón. 

— En fin, en fin, — añadió, desechando pe- 
nas: 

Habiendo obtenido unos realitos que me 
permitieron establecerme con lo bastante para 
dos que se quieren sin cobardías, a los tres 
meses se casaba Numa con Pompilio. 

Vivimos juntos largos años que nos pare- 
cieron mui cortos: tuvimos muchos hijos, como 
Dios manda; después vino i tornó la muerte, 
como zorra cebada en mi ato i de uno en 
uno... hasta que me dejó solo... solo con esta 
flor nacida entre tantas tumbas!... 






XXXV 

Tal es, punto por punto, lo que me refirió 
hace algunos años, mi querido amigo, Don 
Francisco Sandoval, a cuya memoria consagro 
este recuerdo. 



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